Luces artificiales, de Daniel Sada

 

Una segunda clase de identidad inestable que también nos remite al problema existencialista de la crisis de identidad lo representa, en este caso, uno de los extraordinarios cuentos del joven narrador jalisciense Mauricio Montiel Figueiras, titulado Telefonemas del otro lado, en el cual el protagonista Ulises Fuentes comienza a ser hostigado por un hombre que dice ser el verdadero Ulises Fuentes, y que termina por asumir la personalidad del primero.

Todo lo anteriormente anotado viene a colación porque Luces artificiales, de Daniel Sada, es una novela en la cual se aborda uno de los prototipos de la literatura universal en lo que a identidad inestable se refiere, el concepto del doppelganger, es decir, del concepto del doble, pero en otra de sus múltiples variantes, la fragmentación del cuerpo.

Todos sabemos que el peor signo de los tiempos, dentro y fuera de la narrativa mexicana moderna, a partir de la década de los sesenta, será el de la angustia existencial, misma que habrá de manifestarse bajo el síntoma de una crisis de identidad, símbolo crucial éste que habrá de revelársenos en muchas de las novelas producidas en nuestro país a partir de entonces.

Ya en otra de sus novelas anteriores, Una de dos, Sada había tratado el tema de la dualidad en una de las muchas variantes que posee, el de la dualidad que se transforma en unidad, y esto sucede cuando las gemelas Gamal, habitantes de un pueblo de provincia del norte de México, hacen equipo para, por fin, mandar a freír hongos o espárragos a aquel pobre diablo suspiroso que pretendía casorio con una de ellas. Con las gemelas, el concepto de la duplicidad se convierte en unidad, es decir, se cancela una de las dos identidades. De ahí el atinado título del libro.

Con Luces artificiales, y a pesar de la presencia en dicha novela de esos dos personajes llamados Clotilde y Matilde, que en lo particular me parecen una reminiscencia de las gemelas de Una de dos, Daniel Sada transgrede intencionalmente el concepto tradicional del doble, de esa otredad cuyo principio histórico ha partido del concepto rimbaudiano de aquella famosa frase escrita en una de las paredes del granero familiar por el poeta adolescente francés en el cual literalmente se puede leer: Yo es otro, y que da pie para que se acentúe esa corriente literaria que se afianzará a partir del siglo XIX llamada Romanticismo en Francia y que exaltará la estética del yo, desarrollándose así como una de sus preocupaciones fundamentales la representación narrativa y poética del doble.

 

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Sada invierte el concepto, y lo hace cuando, en vez de transcribir Yo es otro, Sada escribe El otro es yo. La presencia insoportable de la alteridad en la cara del otro. Surge el doble como expresión de lo siniestro, como un signo de amenaza. Aunque en Luces artificiales la alteridad tiene carácter momentáneo, circunstancial, pasajero, fragmentado. Ramiro Cinco, un hombre mediocre cuyo único delito reprobable no es haber nacido solamente, sino además haber nacido feo. Ramiro edípico, ingenuo, onanístico, lector compulsivo de la nota roja, autista involuntario confundido por su fealdad con un vulgar ladrón de autos, heredero de una regular fortuna, se somete a una cirugía condicionante. Por ese cambio de rostro, Ramiro Cinco duda también si cambiarse o no de nombre, y afirma, a quien le pregunta sobre su identidad, que él es Roberto Corro, es decir, una clara alusión a Roberto el que se fuga, el que se escapa. Cuando se entera, por su amante de un suceso horrendo. A partir de ese hecho todo el conflicto se le vendrá encima, se le acumulará entre lo que piensa, siente, sufre y hace Ramiro Cinco.

El tema de cambio de identidad por la fragmentación del cuerpo en donde la premisa principal es que el otro soy yo. Mi cara es la del otro. Otro signo: Ramiro Cinco siempre ha adorado los espejos: antes y después de su transformación. Los espejos, recordemos, son una sublimación psicológica del yo fragmentado. La presencia de gemelas en este par de novelas de Daniel Sada, gemelas en el pensar y en el actuar, evidencian a una personalidad dividida ante su propio espejo, pero espejo no de azogue, sino de carne y hueso.

La novela siempre se ha distinguido del cuento o del relato por su carácter meramente digresivo, es decir, por esas varias historias que fluyen y confluyen en un punto, a la manera de muchas vías paralelas que en algún momento justo se encuentran o se cruzan o se dispersan. Este carácter de digresivo hace surgir el concepto de la metaficción, una ficción dentro de otra.

Heredero efectivísimo de la tradición narrativa del Tristram Shandy, de Lawrence Sterne o de El Sertao Veredas, de Joao Guimaraes Rosa, Daniel Sada utiliza el recurso de lo digresivo de la historia, digresión temporal, más que causal o espacial, para plantear el hecho narrativo como todo un acontecimiento del lenguaje. Veamos algunos ejemplos de Luces artificiales, sobre todo en un párrafo en el que el narrador omnisciente nos hace partícipes de una información, y luego se cuestiona, lapso que aprovecha uno de los personajes para contestarnos, como si estuviéramos, narrador omnisciente y lector, frente a él, esperando su respuesta, cito:

Así que el tal Liborio ¿Llegaría esa noche? ¿dónde andaba? Bueno pasemos al otro lado.

-Según sé, anda en el extranjero y llegará en una semana, pero conociendo a Liborio quién sabe si tarde un mes (p. 7)

En ocasiones el narrador omnisciente nos advierte sobre lo que vendrá dentro de la trama novelística, cito:

Por cierto (ejem), más adelante se escribirá lo que el opulento papá le dijo a Ramiro en relación a su fealdad. Fue algo inolvidable por aplastante. Algo para repensar más de diez veces… (p. 44)

O sobre lo que ha pasado, cito:

y …¿qué tal si nos trasladamos prontamente a la segunda anécdota: acontecida acullá, en una deliciosa playa remota, radiante de vitalidad, pero en el tiempo: un poco más atrás, en el tercer fin de semana, mismo que fue señero para Ramiro? (p. 111)

Pero Daniel Sada va más allá de la tradición del Tristram Shandy o que Joao Guimaraes Rosa al inaugurar en su narrativa lo digresivo del discurso, de las líneas o frases como un hallazgo del estilo y que en Sada irrumpe casi desde sus inicios en su carrera como narrador.

Lo digresivo se consigue mediante esos giros y zipizapes cultos y coloquiales del lenguaje; mediante interrogantes que sacuden como desinteresadamente la conciencia del lector en el transcurso de alguna, idea, de alguna línea, frase o párrafo; pequeños tropiezos que estimulan, acicatean el interés y la curiosidad en los lectores acostumbrados a los retos y los ratos felices que nos otorgan la lectura, ese simple placer de conocer una historia, de convivir con los personajes y estar o no de acuerdo con su manera de ser o de vivir. Estas pequeñas y constantes punzadas de lo digresivo en el discurso novelístico de Daniel Sada, no son más que pequeños alfilerazos dados a la verosimilitud que no consiguen distraer ni destruir el valor de sentido en el texto narrativo.

Creo que la intensa prosa de Daniel Sada, por digresiva, por fragmentaria, por esa ludicidad, adrede traduce y denuncia, como en una juguetona y chispeante alegoría, la época de la digresión, de la fragmentación, del enajenamiento de nuestra sociedad actual que ha tersgiversado nuestros más grandes valores.

Más que urbana o de la ciudad, Luces artificiales, de Daniel Sada, es una novela cuya trama evoca y recrea el ambiente familiar, es una vuelta a la provincia.

Evodio Escalante ha escrito en su ensayo titulado “Lectura ideológica de Pedro Páramo” una realidad que bien pudiera aplicarse a cualquier novela: que todo texto narrativo es la cristalización de un proyecto ideológico por medio del cual el autor va a tratar de precisar su posición frente a la sociedad y los acontecimientos históricos, dando un registro de ellos de forma tal que el mismo autor pueda esclarecerse y esclarecernos qué es lo que ha pasado en un momento o en una época determinada[1].

Como otras novelas, esta también se destaca por su poca acción y por una tendencia discursiva apasionante. Gracias a la altísima pirotecnia de su lenguaje digresivo que nos liga, que nos hechiza, diría yo, con sus personajes, logrando agruparnos a nosotros sus lectores, alrededor de los mismos, con ese toque de sarcasmo, y ese guiño sabroso de complicidad, Daniel Sada no en balde ha sido considerado como uno de los autores más significativos del noveau roman de nuestras letras castellanas.

[1] Lectura ideológica de Pedro Páramo Esaclante Evodio, revista La Mesa Llena, México, 1981,p. 130.

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