De la pureza

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

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Las obsesiones humanas, desde la antigüedad, nos han hecho fantasear en busca de situaciones ideales o ejemplares, pero bien irreales, como las supuestas vírgenes que conciben hijos. Horus, Mitra, Buda, Krisna, Dionisio, Lao-Tse, Zaratustra, Jesucristo... son hijos de la "pureza". Pero el afán por una pureza (siempre inexistente de tan abstracta) ha hecho que los idealismos en casi todas las geografías nieguen realidades tan tangibles y concretas como el cuerpo y todos sus fluidos, su dolor y placer. En tal sentido, el filósofo en general (de Artemidoro y mucho antes, a la fecha) ha sido el gran criminal por su tendencia a abstraerse, aunque a veces ha intentado subsanar sus crímenes. Si la razón nos ha perdido, también ha tratado de salvarnos. Estas paradojas de la cultura no cesarán mientras haya humanos porque de ellos es la cultura.

Entre los idealismos más perniciosos en Occidente (y luego transmitidos, por desgracia, al Oriente —aunque allí paradójicamente se encuentre su origen— y a las culturas de Mesoamérica) se halla el platonismo y el llamado neoplatonismo. Tales posturas idealistas no hubieran sido tan perjudiciales si no se hubiesen  tornado en cristianismo que, con el ingrediente judaico, fue (y es) una verdadera bomba contra el cuerpo y la dignidad de vivir, aun cuando muchos de sus "ministros" caigan en contradicción e insistan en que "todo ha cambiado" y "ya no es lo mismo que antes". Lo cierto es que la hipocresía, doble moral, "mentiras piadosas", "santa ignorancia" y represión subyacen desde los orígenes de esta postura idealista y obsesionada por la pureza.

En otras zonas, sin embargo, el platonismo y neoplatonismo no tuvieron los mismos efectos. En una de sus más ambiciosas obras, el filólogo e historiafor Américo Castro aclara que "Islamismo y neoplatonismo combinados hicieron posible mantener la pacífica convivencia del erotismo y la religión, imposible como simultaneidad para el cristianismo, cuya creencia no le permite abandonarse justificadamente a las dulzuras del amor carnal". Un ejemplo histórico de esta convivencia armónica es Ibn Hazm. En el Islam, en efecto, pueden coexistir el refinamiento de la espiritualidad (del intelecto) y la materialidad más tajante. Castro tiene razón cuando afirma que ningún cristiano mezcla "en un mismo escrito lo divino y la sexualidad más cruda", y cuando esto llega a ocurrir en textos antiguos, hay un influjo árabe. Yo agregaría el influjo del Cantar de los cantares, obra excepcional en el canon judaico antiguo, cuya prepondencia es siempre masculina y en pro de la reproducción. Cuando en textos modernos se mezcla lo divino con la sexualidad más cruda sin directo influjo semítico (árabe o judío), puede interpretarse como "blasfemia" o "transgresión" desde una óptica cristiana. Lo material, al alejarnos (supuestamente) de lo espiritual, nos aparta de la (supuesta) pureza, ubicada en algún rincón del inaccesible mundo de las ideas, al que quizá podría accederse en un (supuesto) más allá, que autores idealistas como José Vasconcelos asocian al "estado estético", concepto ya desarrollado antes por Friedrich Schiller sin reflejar un prurito de "pureza".