El sueño literario (Parte 2)

 

Por Jos Hernández

 

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Como habitante de este mundo me presto de escribir ficción algunas veces. En este mundo, tan orgulloso hoy de llamarse liberal, donde la imprenta no está regulada por el estado o la iglesia (al menos no en mi país) y donde publicar depende del talento propio, y en carencia de talento, del bolsillo propio, la Gran Pregunta “¿por qué escribir?” me persigue a donde quiera que voy. En las noches no me ha dejado dormir algunas veces, pero sobre todo me asalta cuando escribo. Es una pregunta realmente molesta y si hubiera un tratamiento quirúrgico, neurológico, parapsicológico, o lo que fuera, para eliminarla de mi memoria, lo haría, me sometería a tal tratamiento. La tecnología actual no lo permite, así que ni modo, no queda más remedio que lidiar con la Gran Cuestión, y a ella, no siendo ya suficiente, pueden sumársele otras, agrandar al antojo el desorden: ¿Vale la pena escribir?, ¿realmente necesitamos más libros?

Se puede empezar por el lado de las cifras, quizá los números ayuden en mayor o menor medida a visualizar el panorama.

Google nos da la impresión en ciertos momentos de poseer todas las respuestas. Ha venido a condensar en un espacio virtual siglos y siglos de conocimiento, sustituir tomo tras tomo de enciclopedias en todas las lenguas. Ahora es él a quien acudimos en momentos de indecisión y duda. Quién de nosotros no ha dedicado parte de sus madrugadas a teclear todo tipo de preguntas en su buscador.

Fue precisamente Google quien en el año 2010 calculó la cifra de libros totales. 129,864,880 es el titánico resultado de su cálculo (entendamos como libro una obra, una pieza literaria, sin tomar en cuenta ediciones, reimpresiones o traducciones, ya que son diversos ejemplares de una misma obra, variaciones de un mismo libro). Este año, 2018, aún no termina, así que podemos decir que han pasado siete años cumplidos desde el colosal conteo. Sumemos a la cifra de Google los 2.2 millones de libros anuales que estima la UNESCO: nos da un total de 145,264,880 libros. Es muy probable que este cálculo sea inexacto, pero el dato que nos arroja es aplastante. Lo demuestra Gabriel Zaid en Los demasiados libros cuando nos dice que “la humanidad publica un libro cada medio minuto”. Pensar que mientras termino de ver un partido de fútbol ya hay 180 libros nuevos, recién nacidos, abriendo sus páginas al mundo, me parece algo aterrador e inquietante.

Luego de leer los datos, me viene a la mente el cuento de Julio Cortázar, donde vemos ejemplificado de una forma ingeniosa y caricaturesca el fenómeno de producción masiva de libros: primero las publicaciones son tantas que se desbordan de las casas y bibliotecas que las contienen, invaden las calles, los parques, las avenidas, ciudades enteras abarrotadas de papel. Los escritores continúan su labor, como máquinas o robots, equiparando su producción a la de las fábricas; la abundancia, la desmesura, no existe en su vocabulario, nada los detiene. Llega el momento donde para tener espacio habitable es necesario precipitar los libros al mar. Son bastantes como para elevar la marea, como para formar nuevas islas y penínsulas acartonadas. Al final del cuento, como ya no hay lugar donde colocar nuevos libros, los escritores optan por continuar su labor sobre los libros ya impresos, con la letra pequeña y apretada, entre líneas.

No hemos llegado todavía a tal extremo. La humanidad ha sabido muy bien deshacerse de sus libros.

 

Jos Hernández, admirador de la música de Vivaldi y el cine de Quentin Tarantino. Padece cierta fascinación por los relámpagos, las noches lúgubres, los órganos eclesiásticos y las máquinas de escribir. Sostiene que toda actividad literaria es paralela al sueño y a los juegos infantiles. Su escritura es inconstante, ejercida como una grave contradicción, pues posee los motivos suficientes para escribir como para dejar de hacerlo.

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