Vagaluz: las identidades poéticas de Carmen Nozal

 

por José Falconi

 

Vagaluz es una iniciación al silencio. En él comienza y en él termina. Pero antes Carmen Nozal busca que sus identidades poéticas usen como vehículo los elementos más fluidos, capaces de penetrarlo todo: el aire, el agua, el fuego y aún el tacto sutil de la ausencia. Las luces de Vagaluz son espectrales, especulares y, para mejor lucir, luciferinamente buscan entintar la noche, la oscuridad y sus elocuentes hermanas: la soledad, la voz negada, la nostalgia de lo que ya no es, la experiencia del desamor. Todo en este bello libro tiene la densidad casi evanescente de lo especular, como si lo ido que se está poetizando fuera el fantasma de un nublado espejo.

En Vagaluz hay una desesperación que no destruye al pez azabache del deseo; este pez desconcertado se convierte en jaguar con sus pasos silenciados por la hojarasca para cazar las identidades poéticas, ricas en símbolos y significaciones, cautivas en la imaginación de la poeta. En ese mundo emocional, ajado por el dolor que provoca la destrucción de todo un lenguaje, verbal y corporal, que estuvo al servicio del amor y que ha devenido alfabeto de sombras, quedan los humos, la ciega claridad de una eternidad de veladoras para alumbrar, así sea mortecinamente, polvos de aquellos lodos.

Vagaluz es un poemario de lorquianos sonidos negros habitado por piedras y metales y lunas presagiando muerte que en una especie de sostenida oximoronía, se ayuntan con murmullos, luminiscencias y brumas para íntimamente redefinir varios elementos del mundo, a través de un choque casi eléctrico entre voz y vocablo: el mar / noche de arcilla; nacimiento / piedra de luz; humo / beso de la luna; silencio / lengua de río; tu cuerpo / pregunta de mi ausencia… nuevas identidades alegóricas que la poeta atribuye para religarse de forma trascendente con lo trágico de esta realidad: sin amor toda cosa es cosa muerta, piedra antigua, otra vez  polvo al polvo.

La transubstanciación, concepto tan ligado a la liturgia católica, y que tiene su origen en una afortunada herejía, es realidad plena en los más álgidos momentos de la pasión amorosa. La transubstanciación es, para decirlo en breve, el paso de una sustancia a otra. Por eso la amante puede ser el árbol recién nacido en los ojos del amado, como dice el epígrafe de Vicente Huidobro que da inicio al poemario de Carmen Nozal: Vagaluz.

Tengo tatuados los dedos / en la luz que amasé para ti, dice el yo poético de Carmen Nozal al amador en fuga, adelgazando cada vez más su voz que habrá de terminar, lo hemos dicho antes, en el silencio o en el llanto de la propia luz, llanto que se derrama con sutileza, ajeno a teatrales estridencias.

Y esa luz plañe por las ruinas de la pasión amorosa, porque la experiencia del amor es antídoto que puede librarnos de la lepra que se come a los seres humanos; del pensamiento desgraciado que tanto nos obsesiona: el que una y otra vez nos recuerda nuestra esencia solitaria; la vertiginosa sensación de estar solos, en caída libre hacia la nada. Y que esto a nadie le importa.

Las palabras vacías son las que gobiernan la desorientada cotidianidad moderna; las palabras de los mercaderes de toda calaña que nos avientan el choro mareador para adormirnos con sus pacotillas: disque políticas, disque sociales, disque poéticas. Por eso le agradezco a Carmen Nozal esta incursión por los cuerpos, por las humedades, por lo sexos, por las siques, por las bizarras y continuas transformaciones simbólicas de estos amadores sin remedio entregados al consumo del amor-pasión como si este fuera una lámpara de inagotable aceite. Más bien digamos, parafraseando a Heráclito, que el amor es como una fuente, siempre la misma, pero siempre con distintos amantes.

Vagaluz: periplo emocional contado con un creativo lenguaje barroco; es decir, que se rebela ante el horror al vacío. Un lenguaje que también se ha hundido, como un submarino, en lo subconsciente y por ello desvaría un tanto. ¡Qué bien que así sea!, pues la poesía, como el amor,  necesita siempre de un toque de irrealidad. De una ilusión absurda, un grito en el silencio, un toque de locura, como dice en su conocida canción José Luis Rodríguez, El Puma.

Permítanme una digresión: vivimos en un entorno social, en un estatus quo en el que la regla es el cálculo egoísta, en una sociedad en la que todos somos hermanos aunque la lucha por la vida nos vuelva a todos fratricidas, como diría Jaime Sabines, y en este perverso contubernio el amor, la llama doble, es una desconcertante excepción. El amor, como me parece que quiere la poeta, tal vez, en tiempos por venir, le ponga límites a la ceguera humana, pero mientras la vida colectiva esté signada por la estulticia del remolino de la existencia material, el deliquio amoroso será visto como una insensatez, como un embeleso que las personas cuerdas no se deben permitir.

Vagaluz

Carmen Nozal

Edición Proyecto Literal

Colección Instante Fecundo

México, 2018 

       

Numero actual

portadaCafé