Tres sorbos de café

(Para leer en voz alta)

 

 

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Por César González Chico

 

 

Primer sorbo

 

 

...el turista lo quiere todo para sí... si por él fuera se llevaría todo a su casa... como no puede, le toca las tetas a la Venus de Milo, le arranca el dorado a los retablos, manosea las piedras ancestrales...

…el viajero contempla todo con asombro y reverencia tratando de entender; escuchando atento los ecos de las piedras que tienen atrapada la voz de los abuelos...

...el turista camina siempre con la nariz sumergida en un mapa...

…el viajero sabe que si caminas sin rumbo, jamás corres el riesgo de perderte...

...el turista viaja siempre en manada, turba, rebaño, marabunta o tropel...

…el viajero lo hace solito y su alma (aunque muchas veces su alma tenga nombre, apellido, ojos bonitos y varios etcéteras igual de bonitos)...

...el turista tiene un riguroso itinerario de diez días en el que puede "conocer" doce ciudades...

…el viajero sabe que hay ciertos rincones, en ciertas calles de ciertas ciudades, que ni diez vidas alcanzarían para contemplarlos lo suficiente...

...se reconoce al turista porque vuelve cargado de souvenirs...

…se reconoce al viajero porque al volver ya no es, ya nunca será, el mismo que se fue...



 

Segundo sorbo

 

 

...no me malentiendan… no siento la más mínima nostalgia o simpatía por imperios o emperadores... todo lo contrario... me parece estupendo cuando las armas republicanas se cubren de gloria ante los imperios en cualquier parte del mundo, en una galaxia muy, muy lejana o más allá del borde exterior; pero valga la anécdota para ejemplificar los oscuros tiempos que corren...

…la primera vez que vine aquí tenía yo diez o doce años… me habían advertido que se trataba de una tumba y que sólo por eso había que quitarse la gorra, peinarse un poco y estarse calladito... en la puerta del recinto había dos soldados en uniforme de gala haciendo guardia... la gente entraba en fila y en absoluto silencio hasta llegar a la balaustrada circular que rodea el féretro de Napoleón Bonaparte, en su tiempo, emperador de los franceses...

…se iba en silenciosa procesión alrededor del féretro como si Napoleón se hubiera muerto ayer, sin hablar, sin tomar fotos y sin detenerse... al completar el círculo salías por donde habías venido pasando de nuevo entre los dos guardias... el asunto no llevaba más de cinco minutos pero fue una de las cosas que nunca olvidé de aquel primer viaje a París, por la solemnidad y el respeto que se le procuraba a los restos del emperador y por el impresionante silencio...

…tres décadas después todo es distinto... los solemnes guardias de la entrada han sido sustituidos por dos guapas edecanes (eso no tiene nada de malo) que te obsequian un infamante bicornio napoleónico hecho de cartón y te invitan, entusiastas, a ponértelo antes de entrar... — que no decaiga el ánimo, esto será una tumba pero la alegría no se puede perder— ...y allá va un tropel de alegres turistas, grandes y chicos, con su gorrito de aquí para allá toqueteando todo, buscando un trozo de mármol un poco suelto para llevarse a casa y sacándose selfies con el catafalco del infortunado Napoleón... a la salida hay una tienda de souvenirs que vende figuras del emperador metiendo y sacando la mano de su casaca que hacen las delicias de los niños...

...pienso... en este mundo que todo lo banaliza, que no asimila nada que no se parezca a Disneylandia, que ha cedido ante el imperio de los idiotas, poco importa ya que hayas sentado las bases de la sociedad occidental moderna, que hayas inventado países y rediseñado el mapa de Europa a tu capricho… que hayas levantado y perdido ejércitos, sometido naciones… que hayas sido valeroso y cruel… no importa nada... no importa que hayas sido Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses, o Juan de los Palotes... al final, si algo hiciste, lo más que lograrás será que un turista con un gorrito de cartón, se tome una selfie al pie de tu tumba...



 

Tercer sorbo

 

 

...la sentí venir desde la otra esquina de la plaza... no era particularmente hermosa, ni elegante, ni hacía nada inverosímil; sólo caminar... aún así era imposible no verla... miraba hacia el frente pero en realidad parecía no mirar a nada ni a nadie... ni a los perros, ni a los árboles, ni a los niños jugando alrededor, ni a quienes estábamos sentados en las terrazas de los cafés mirándola... parecía mirar hacia adentro, hacia algún sitio muy hondo dentro suyo, donde había algo que la hacía sonreír... y ahí venía ella, taconeando y sonriendo, una lucecita en la tarde nublada, partiendo plaza... imaginé entonces que tal vez era alguien quien la hacía sonreír y que venía invisiblemente tomado de su brazo... y pensé en la inmensa fortuna del hombre capaz de hacer sonreír a una mujer de esa manera...

 

 

El poso del café

...— me sirve un Jack por favor—...
…— ¿solo?—…
…— sí, muy solo—…

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