A 92 años del nacimiento de Jaime Sabines, Horal: vacío, zozobra y amor

 

 

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Por Tania Ortega García

 

Este 25 de marzo se cumple casi un siglo –92 años– del natalicio de Jaime Sabines; es oportuno recordarlo con su primer poemario: Horal, publicado en 1950.

En Horal se expresa la nada y el vacío, motivo de zozobra, una especie de destino determinado por Dios (los lazos de lo divino y lo sagrado, también el epígrafe de inicio del libro da cuenta de esta temática y de su relación con lo bíblico); también el amor a la mujer, enuncia la ausencia de la amada, qué es amar, la unión entre opuestos y su conexión inexpugnable de la nada (a veces la interpreto como soledad), por medio de la meditación con elementos sapienciales.

Frases como “Parece que sales y soles, / nosotros y nada”, “Orfandad de la luz”, “Uno es ese destino que penetra” y “Los amorosos son locos, sólo locos, / sin Dios y sin Diablo”, muestran súplica, desamparo y reflexión, imágenes de los opuestos, la vacuidad y también la nada, así como el anhelo por la luminosidad.

El poema que mejor representa a todo el libro es “Los amorosos”, porque muestra la nada y el amor (la oscuridad y la luz, el Diablo y Dios). El poemario comienza con dos textos que retoman estos temas  pero cada uno por separado (“El Día” y “Horal”). En este caso se unen y presentan un arquetipo interesante: los locos como sinónimo de amorosos, quizá por lo mismo este poema cierra el libro a modo de circularidad o conclusión. Por su número de sílabas es de arte mayor, tiene 60 versos. Cada verso es sustancial y concreto, define una visión del amor, una premisa. Hay dolor, indiferencia, alegría en una especie de narrativa circular que se manifiestan a través de símiles, reiteraciones, hipérbole, anáforas y metáforas. Es luminoso y también oscuro.

“Horal”, es breve, conciso y determinante. Hay claridad en los versos que también son contundentes, se conforma de 8 versos, principalmente hexasílabos; la presencia del aire y el agua apenas dan parámetros para saber que se utilizarán posteriormente. Pero lo más importante es que al ser uno de los primeros poemas pone sobre la mesa la noción de nada, la vacuidad, la nostalgia o zozobra por un vacío que despierta sed, que calla, es abierto, se vacía y se llena constantemente.

En este libro están los poemas que han logrado el reconocimiento de Jaime Sabines como un canon en la poesía mexicana, sobre todo por su lírica popular: “Uno es el hombre”, “Yo no lo sé de cierto”, “Los amorosos”, “Lento, amargo animal” y “Así es”.

Se observa la influencia de los compañeros de generación de Jaime Sabines, de Taller, puesto que hay una preocupación por la soledad, la desdicha y el lamento por una imaginación exacerbada que pareciera angustiante e incontrolable. Hay elementos que remiten a sus congéneres Octavio Paz y a Alí Chumacero en cuanto a las referencias surrealistas del retorno al origen, también el uso de palabras que parecen tener un significado común entre ellos: “errante” o “alba”, por ejemplo. Sin embargo, Jaime Sabines aporta la intertextualidad de lo bíblico. Hay influencia de Pablo Neruda en cuanto a forma o pasión.

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