Cervantes transgresor

María Stoopen

 

No sólo hombre de amplísima experiencia –su biografía se lee como novela de aventuras-, Miguel de Cervantes fue un lector voraz. Como tal, se paseó por la Antigüedad clásica en traducciones –Ovidio, Virgilio, Horacio-; por la Biblia –en particular los Evangelios-; por San Agustín, Erasmo y otros humanistas; por la poesía tradicional -cancioneros y romanceros-, la de cuño italianizante y la heroica culta; por la Tragicomedia de Calixto y Melibea; por relatos históricos y vidas de santos; por distintas manifestaciones narrativas –que en aquellos momentos no hallaban aún una denominación que las englobara-: aquella de los primeros años del Cristianismo, –Apuleyo y Heliodoro, conocida la de éste como bizantina-, la pastoril, la caballeresca, la picaresca, la novela propiamente dicha –que por entonces sólo era corta y de molde italiano-; por los espejos de príncipes, tratados de amores –divinos y humanos-; por las poéticas de Horacio y el Pinciano; por los refraneros, las misceláneas, las colecciones de adagios y apotegmas; libros en su mayoría leídos en lengua castellana y, probablemente, algunos en la toscana. Fue también apasionado espectador de comedias en los corrales, las que le despertaron la ambición de ser dramaturgo.

            Para Cervantes vivir, ver, oír, leer y escribir fue un tránsito continuo: la vida, la mirada, la voz, la letra impresa se volvían afortunada letra escrita. Autor de siete libros y poemas sueltos, además de la obra hoy perdida, cultivó en ellos quizá todos los géneros conocidos en la época. Sus títulos no bastan para dar cuenta de los que practicó: de pastores, La Galatea (1585); de caballerías, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) y la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615); novelas cortas, las Ejemplares (1613); un poema narrativo extenso, el Viaje del Parnaso (1614); obra dramática -sin tomar en cuenta la de la primera época, perdida casi en su totalidad-, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615), y un relato de aventuras, de corte bizantino, Los trabajos de Persiles y Segismunda (1617). Vasto lector que tomó un camino diferente al de don Quijote, pues supo sacar provecho para la escritura de la rica materia que le ofrecían los libros y la vida; hombre paciente, de vocación aplazada, quien, después de su participación en Lepanto y su cautiverio en Argel, publicó, al filo de sus treinta años, un primer libro y, cuatro lustros después, el segundo -“al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina […]”-, la Primera parte del Quijote. A partir de la magna obra, la letra escrita aventajará a la experiencia vivida; las pacientes horas de lectura inundarán, incontenibles, el caudal de la creación. Sólo un hecho contundente, previsto por el escritor en la dedicatoria del Persiles al conde de Lemos, pudo interrumpir el impetuoso flujo: Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo.

            La inminencia de la partida, sin embargo, no impedía a su espíritu la voluntad de la escritura. Cervantes espera aún un milagro que le otorgue la gracia de ofrecer al conde tres obras más. Es así que a lo largo de los años, vida azarosa y lectura atenta de cuanto había sido escrito y traducido hicieron madurar a un escritor versátil y heterodoxo. Al leer, el escritor se iba percatando de las convenciones genéricas para luego problematizarlas en sus obras. Inconforme con los protocolos literarios, decidió probar los límites de todos ellos y también supo barajarlos entre sí. De ello resultan la experimentación, la provocación constante, y la oferta de más géneros que libros publicados. Su escritura es, pues, transgresora, plural y mestiza. Me referiré aquí sólo a los relatos en prosa.

            Basta observar que los fenómenos descritos están presentes ya en La Galatea, su primera publicación, en la que cultiva un género de convenciones fuertemente codificadas:

[…] nada más comenzar la narración bucólica –comentan Sevilla Arroyo y Rey Hazas-, su sosegada armonía se ve bruscamente quebrada por la irrupción de abundante sangre mortal, vertida incluso entre hermanos, para mayor horror. A causa de ello, el choque que se produce entre el idilio pastoril y la novella trágica interpolada es total, absoluto. Así, la realidad más cruda y sangrienta origina una ruptura abrupta y violenta del arcádico ámbito pastoral, que ve sus convenciones quebradas de manera completamente radical.

            El motivo por el que Cervantes no pudo escribir una segunda parte de La Galatea que continuara las historias inconclusas de la primera, a pesar de sus repetidos ofrecimientos -aventuran los mismos críticos-, reside en esta copresencia de géneros mutuamente excluyentes. Es así que en sus libros consecutivos continuó con la práctica de la combinación genérica, aunque de manera más cautelosa y no siempre satisfactoria. Conocidísima es la crítica de los supuestos lectores de la Primera parte que Sansón Carrasco le transmite a don Quijote apenas iniciada la Segunda:

-Una de las tachas que ponen a la tal historia –dijo el bachiller- es que el autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote. (Quijote, II, 3, 710)

A pesar de ella, el libro amalgama con éxito un buen número de géneros literarios y, sobre todo, consigue respetar puntualmente las convenciones caballerescas, a la vez que transgredirlas con éxito inusitado. El autor ofrece a sus lectores un libro de caballerías que contiene, en forma paródico burlesca, la crítica al género, de la cual no se escapará ni el suyo propio. Nos sale aquí al paso otra de sus peculiaridades: Cervantes implacable. Del modo siguiente, Juan Bautista Avalle Arce resume su actividad literaria hasta ese momento: “Ahora no puede caber duda que si en 1585, y con la Galatea, Cervantes había comenzado a meter en un brete ideológico a ese nuevo invento literario llamado novela, ahora, con el Quijote de 1605, ha abierto triunfalmente la puerta por la cual él mismo sacará a ese novelero artefacto de las letras.”

El único incauto que intentó reabrirla fue Alonso Fernández de Avellaneda quien, poco antes de salir la Segunda parte, publicó un pretendido auténtico libro de caballerías, continuación del cervantino. El Quijote de 1615 lejos está de haber cometido tamaña ingenuidad. Aunque reutiliza -¡y de qué manera!- las convenciones del género parodiadas en el de 1605, es éste, ahora, el que es puesto en jaque, puesto que en el universo narrado del segundo existen personajes que, por medio de la lectura del libro que, en efecto circula en el mundo, conocen las verdaderas hazañas de don Quijote y Sancho, así como sus más preciadas ambiciones. Todos coincidimos que el reto y la solución de la prueba resultan geniales.

Por su parte, las Novelas ejemplares, además de ser una innovación literaria en español –“yo soy el primero en haber novelado en lengua castellana”- (Pról., t. I, p. 65), reúnen nuevamente el ejercicio de variados géneros y su infracción. Asimismo, muchas de ellas recogen lecciones del Quijote de 1605; algunas otras consideran en su horizonte la picaresca, aunque retan sus convenciones experimentando con recursos nada canónicos; otras más inician la práctica del género más caro a Cervantes: los relatos bizantinos o de aventuras.

Me detendré en aquellas que ejemplifican lo anterior de manera más destacada. La gitanilla, novela amorosa y de aventuras, propia de los estamentos nobles, celebra, con ciertos destellos de picaresca, la vida libre de los gitanos, grupo repudiado social y literariamente. El amante liberal y La española inglesa son de molde bizantino, pero ancladas en las problemáticas relaciones políticas y religiosas del imperio español: las hostilidades entre el mundo cristiano y el imperio otomano, El amante, y entre la España de Felipe II y la Inglaterra de Isabel I, La española.

Rinconete y Cortadillo, los pícaros transitorios, protagonistas de la novela homónima, además de ser dos, no son -como Lázaro y Guzmán- los narradores de su propia historia ni ofrecen lecciones morales, sino que se pasean alegremente por el mundo picaresco y salen de él con desenfado. Por su parte, el alférez Campuzano sí narra sus propias picardías conyugales al licenciado Peralta, y es, además, autor del Coloquio de los perros, del que es lector el licenciado. Allí Berganza, a su vez, cuenta sus aventuras picarescas a Cipión. Tales procedimientos cumplen con la ley genérica de un narrador de su propia historia; sin embargo, los relatos son supuestamente orales, en presencia de un interlocutor y, en el segundo caso, quien moraliza es éste y no el propio pícaro. Sobra comentar que el ejercicio literario se practica con dos perros.

Sí, para Cervantes la literatura es un laboratorio en donde experimenta haciendo mezclas, disecciones e injertos. Escribe, sin embargo, un relato en el que parece mostrare ortodoxo -sobre todo en relación con los postulados de la Contrarreforma-, Los trabajos de Persiles y Segismunda, “libro que –como él mismo dice- se atreve a competir con Heliodoro” (Novelas ejemplares, “Pról.”, p. 65), y cuya poética -según Avalle Arce-, es anunciada por el canónigo de Toledo en el Quijote de 1605 (XLVII, pp. 601-602). No obstante, en muchos de los episodios de su libro póstumo, lleva a sus límites el principio neoaristotélico de la verosimilitud, introduciendo acontecimientos extraordinarios o maravillosos, los que, a pesar de ser expuestos a la prueba de racionalidad por parte de algún personaje, quedan en el mundo narrado como experiencia vivida por otros.

Estamos, pues, ante la obra de un gran transgresor, un clásico que          –como suele decir Sergio Fernández- es nuestro contemporáneo. La crítica se dará por bien servida si consigue destacar para los lectores tal atributo.

 

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