Sobre el volcán

Lazlo Moussong

Porque antes de admitir las
argumentaciones ajenas debemos
admitir nuestras propias afecciones
Julio Torri

 

Es como mirar fotos de los años treinta, cuarenta, todavía en sepia, preguntándose qué sentimientos y juegos de relaciones hay detrás de los gerundios cristalizados que dejan ver los protagonistas: Ivonne cortando flores en el jardín de la casa de Cuauhnáhuac; buganvilias cubriendo los brazos de Ivonne mientras las acomoda en un jarrón de barro; Hugh e Ivonne montando a caballo cuchichean al calor de sendas sonrisas; los tres caminando por la calle Humboldt para tomar el autobús a Tomalín; Firmin Geoffrey asomando por laventanilla del camión y detrás, sentados entre la penumbra Ivonne y Hugh conversando… cantinas: sus fachadas; los interiores con su infernal laya de parroquianos y cantineros mejicanos; sus exteriores con indios borrachos echados al sol, a la sombra de un árbol, sobre un caballo…, a veces, como fondo decorativo de intención ingenuamente dramático, asoman pedazos del Popocatépetl.

¿Cómo explicarlo? Iba a decir que Bajo el volcán de Malcolm Lowry es un fraude, pero hacia el final de la lectura reuní elementos que se habían ido quedando dispersos como los pedazos de un vaso estrellado en el piso del bar y me sofocó la virulencia de las últimas páginas, y así descubrí que eso no es verdad; quienes defraudan o se defraudan son quienes elevan esa novela a las alturas de obra maestra del siglo XX.

Sería injusto, inclusive estúpido, pretender que Lowry fuera un timador; él puso en esa obra toda su alma, todo su dolor y frustración, muchas intenciones; pero yo me niego a mirar las magníficas telas y poéticos ornamentos del traje invisible del rey; no les creo a quienes hablan de las ropas de un rey al que yo veo desnudo de los excesos de grandeza que le atribuyen y, sin embargo, es un libro que finalmente se ganó a pulso mi respeto, lo que podría parecer falso a juzgar por lo que sigue:

Se pretenden demasiados contenidos simbólicos en Bajo el volcán; Lowry los colocó ahí, lo cual no quiere decir que funcionen; son símbolos deleznables, sin detonador, que no contienen más que intentos malogrados e insustanciales del autor por dar pluridimensionalidad a esta obra; símbolos en los que uno se pone a pensar para no llegar sino a lugares comunes del filosofar de un ebrio: ¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!, y nos lanzamos al descifrado de los enigmas que plantea el símbolo: ¿Con este jardín pueblerino quiso representar al Edén perdido? ¿Es el mundo en que vivimos, expuesto a la destrucción por la maldad humana? ¿Es el infierno en que cada uno deambula y que cuidamos como si fuera un jardín? ¿Es México sujeto a la persistente acción depredadora de los propios mexicanos?

Vale la pena comparar la inmensurable distancia que hay entre el apenas inasible contenido simbólico de ese jardín de Lowry y el de aquel Castillo de Kafka que va más allá de la obra maestra y llega a una pluralidad de contenidos similar a los libros sagrados.

Se considera que la presencia del Popocatépetl a lo largo de la narración es el símbolo fundamental que determina, entre otras cosas, el ambiente, la vibración dramática, el valor rítmico del lenguaje, la trascendencia mayor engarzada en el contenido subyacente y quién sabe qué otras profundas vaguedades. Es cierto que con el volcán el autor quiso representar mucho, pero sin lograrlo, ya que no se encuentra integrado a nada sustancial de la novela ni en su forma, desarrollo o contenido. Si se cambiara el título y se suprimieran todas las referencias a los volcanes, el texto seguiría siendo lo mismo, nada perdería de su estructura ni de su verdadera significación, aunque reconozco que ese título podría tener una ambivalencia: bajo el volcán geográficamente hablando, de mera ubicación, o en el fondo del cráter ardiente del volcán, simbólicamente hablando.

Se habla del valor poético del relato; no lo niego por completo, pero habría que localizar dónde se encuentra para no atribuirlo a factores inapropiados; la poesía no está en el lenguaje, sino en las densidades del aire que se respira por medio de la lectura.

En efecto, es perceptible que los personajes andan, hablan y sienten entre brumas oscuras, espesas y discontinuas, lo cual le da a la obra una tonalidad ambiental poética como la que se puede desprender de la sordidez brumosa de una cantina de pueblo, de la crueldad vomitiva de una fiesta taurina, de una mente empañada por el alcohol o de una foto antigua tomada a gente ordinaria por un lego: elementos vulgares de los que se eleva un aura poética; así, el tono brota a pesar del lenguaje que –salvo esporádicos aciertos como ese de ¿te acuerdas de mañana?– por lo regular acude a referencias, comparaciones o descripciones armadas con los adjetivos y sustantivos más comunes o pobres para embellecer y relacionar; por ejemplo, al azar: el refrescante murmullo del agua; estalló de pronto el estruendo de un aplauso; cae la noche y las imponentes carretelas ascienden lentamente por los jardines; en la profundidad de la noche primaveral brillaban… las estrellas; esta sublime maquinaria celeste…, y así interminablemente.

De los escritores extranjeros que han querido comprender algunos aspectos de esto que es México, pocos lo han logrado tan bien como Traven, quien se orientó sobre todo al campo social, y sí muchos han fracasado según el nivel de su talento y según la abertura del cristal con que lo han mirado.

En este terreno, Lowry fracasó sin paliativos, pues inclusive queda muy debajo de D. H. Lawrence, quien al menos convirtió su incomprensión en una fantasía pseudomágica; muy atrás de Graham Greene, quien supo obtener vibraciones y lenguaje verídicos de sus personajes mexicanos, su psicología y el paisaje; por completo ajeno a las honduras (aunque no profundidades) espirituales a que se atrevió Antonin Artaud.

Así, en la percepción que Lowry expone acerca de México más que valores hay aplastantes deficiencias, pesadas distorsiones, una estrechísima parcelación y la cómoda mezquina superficialidad con que mira a este país y a este pueblo la mayoría de holgazanes estadounidenses y europeos pensionados que radican en Cuernavaca y muchos otros paraísos, con que pintan de un tono exótico su irremediable mediocridad.

Malcolm Lowry estaba –al vivir y escribir Bajo el volcán– demasiado ensimismado en su conflicto alcohólico y en ese estrecho purgatorio de México que él absorbió como para que pudiera ver más allá de un paisaje humano de ebrios de cantina rural, de rancheros sombrerudos e indios tirados en el suelo, y cuando quiere tocar el “misterio” de este país se queda en misterioso, torpe y vacío, como sucede con las viejas parcas que Firmin Geoffrey encuentra en la última cantina.

Que no se pretenda extraer esencias de lo mexicano de esa mirada obtusa y desorientada de alguien al que ni su propia esencia inglesa ni la bebida ni los mexicanos le permitieron integrarse en el país y sorber de su genuina savia. Por el contrario, Bajo el volcán es un libro de desarraigo y evasión con el que hubiera tenido que ver mucho más el mar y no el volcán.

El mar en permanente oscilación como el pensamiento de Firmin que no se afirma en nada; que no permite echar raíces; que sube y baja inesperadamente; mar inasible como las ideas del alcoholizado; mar de vaivén embriagante, inestable; que se escapa de las manos, que se puede beber y hace daño, que produce sed, que arrastra en sus corrientes y revuelca y ahoga en sus turbulencias; de fondos sombríos habitados por monstruos ciegos y fantasmas relampagueantes y traslúcidos.

No el volcán, porque a éste se le mira de abajo hacia arriba e invita al ascenso, mientras que el mar es abismal y llama a la caída, y traga y disuelve.

Tiene más relación el mar con ese lenguaje de ideas entrecortadas que se desbaratan como las olas; oleaje anunciador de determinaciones y principios de voluntad que antes de llegar a su destino se desintegran y se pierden; batiente de decisiones obsesivas que retroceden al ritmo de la resaca: mar beodo que, inseguro de sus acciones, repite las olas maniáticamente una tras otra.

Qué bien habría cabido en la novela todo un mar avecindado, en metáforas, símbolos, valores semánticos, equivalencias, dinámica, pero no el volcán firme, perenne, realizado, sereno, superior al poder de cualquier tormenta, dueño de sí, elevado.

Ni Firmin ni Hugh ni Ivonne son seres que manifiesten raíces; esta última ni siquiera denota –en la novela– una personalidad; es un objeto borroso visto así con la naturalidad machista de la mirada amezcalada del cónsul.

La narración es pobre en personajes como pobre en afectos es un hombre ya devastado por el alcohol. Con Clarice Lispector en Agua viva y La pasión de GH nos molestaría que interviniera alguien más que no fuera la mujer en su monólogo interior, pero en la novela de Lowry la importancia de los aspectos exteriores que influyen en su personaje hace que se sienta la insuficiencia.

Lo poco que se manifiesta de Hugh es lo que se desprende de sus recuerdos de periodista y voluntario en la Guerra civil española y, en realidad, no se desanuda de Firmin Geoffrey porque no es sino el reverso o el anhelo de éste.

Por lo que se refiere a los personajes mexicanos, el doctor Vigil apenas es una silueta y todos los demás son dignos de la visión enferma con que los enfocan las novelas gringas del oeste.

Bajo el volcán no aporta todo lo que tuvo la intención de dar el autor, y en el terreno literario no aporta ninguna nueva pauta para el manejo del idioma. No contribuye con nada excepcional a la expresión simbólica; más bien lo hace con incompetencia. Su tributo a la forma y estructura de la novela es escaso. No se le puede colocar –como muchos lo afirman contundentes– en la galería de las verdaderas obras maestras del siglo XX, donde están el Ulises, En busca del tiempo perdido, los libros de Yoknapatawpha, El castillo y El proceso, El cuarteto de Alejandría, El hombre sin atributos, La muerte de Virgilio… No lo amerita.

Sin embargo, Bajo el volcán es un modelo de cómo se vierten, por un camino muy directo, la experiencia y la tragedia personales en una novela de alucinantes intensidades, cortando el cordón umbilical de lo autobiográfico y pasando de este nivel al de la obra de hurgamiento interior, donde, pese a concentrarse en una determinada patología –la alcohólica– es capaz de tocar a cualquiera de su patología equivalente; por ejemplo, respecto de las decisiones de cambio y rehabilitación que se derrumban al primer golpe de mezcal, al primer aroma de un apego, a la menor advertencia que nos hace el miedo, a la primera nostalgia que brota anticipada a la renunciación que pretendíamos, a un simple coqueteo de la mente con aquello que ha estado impidiéndonos renacer. Y así, Firmin Geoffrey no puede resistir otro trago después de convencerse de su necesidad de cambio o tras el optimismo que le infundieron unos momentos de creerse capaz de dominar al verdugo interior.

De esa búsqueda; de ese dolor demencial, verdadero, vivo en el autor, no supuesto ni inventado ni imaginado; de ese abrirse en canal para escribir; de ese vértigo despiadado que llevó la mano de Lowry a recrear las pesadillas magistrales de la muerte de Ivonne y las vejaciones en la última cantina; de ese escribir dentro del fuego es de donde absorbí un sentimiento de religioso respeto por Lowry y su amada, su novela.

Novela de lo inalcanzable; del callejón sin salida; de los títulos de propiedad del diablo en los territorios de nuestras almas; del anhelo que constantemente estuvo a punto de lograrse de no haber sido por la repentina intervención criminal de uno mismo.

Es la dipsomanía llevada, ciertamente, a motivaciones universales; novela evasiva, como la personalidad del dipsómano. Evade ir al fondo de su enfermedad, pero se descuartiza encharcado en su podredumbre; evade mirar el suelo duro de allá, todavía más abajo, donde está siempre cayendo; evade conocer los orígenes de su evasión; evade aceptar que se evade.

Novela de “¡la fuga, siempre la fuga!”, como se autorreclama el propio Geoffrey, Bajo el volcán representa las batallas del infatigable perdedor.

 

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