De lo moral

 

            Por “moral” no me refiero exclusivamente a moral de tal o cual religión, ni mucho menos —Zeus me guarde— a la “moral” católica (o cristiana en general), que en la práctica siempre ha sido una doble moral. Ya en los propios Evangelios es notoria la doble moral cuando leemos que el protagonista, por un lado, perdona al enemigo y da la otra mejilla, pero, por otro, seca a una pobre higuera porque no da higos (aun cuando no era época de higos), destruye las mercancías de los mercaderes del templo quienes —infortunados individuos— con seguridad vivían y mantenían a sus familias con las ventas; para colmo, le envía a unos inocentes cerdos demonios que los destruyen; por último, dice que ha traído la espada, aunque también deja que se le acerquen los niños; hace que las personas renuncien a sus padres y a todos sus familiares para seguirlo, pero a la vez está implícito el “honrarás a tu padre y a tu madre”. ¿Dónde está la congruencia moral?  Es difícil ser congruente en todo; sin embargo, de un modelo religioso podría exigirse algo mejor. Ya lo decía Bertrand Russell en su ensayo “¿Por qué no soy cristiano?”

            Quienes sostienen que sólo una verdad existe (por ejemplo: las tres religiones semíticas: judaísmo, cristianismo e Islam) suelen propiciar en la vida práctica una doble moral sistemática. Su mismo fanatismo por esa supuesta verdad los vuelve intolerantes y destructivos porque renuncian a la alteridad, al otro como el ser que no somos nosotros. Los primeros cristianos en el Imperio Romano, Diego de Landa o los cristeros en México padecieron de ese miedo al otro que los hizo matar, aniquilar lo que ellos no podían comprender. En el otro extremo, un fanático ateo puede ser igualmente religioso, como lo fue el gobernador de Tabasco Tomás Garrido Canabal, famoso comecuras. No obstante, la destrucción del otro justificada por la moral suele ser mucho más virulenta cuando está ligado a la religiosidad que cree en una sola verdad. Por ello, el primer precepto del jainismo —religión atea surgida en la India durante el siglo vi a. de n.e.— es que la verdad no existe, que el universo es increado y que siempre ha estado y estará allí, de modo que los jainas respetan todas la creencias y a todas las formas de vida. Para ellos, no hay una única verdad: allí radica su moral como respeto al otro. Los seres humanos, para ellos, somos como los ciegos que rodean al elefante: cada uno cree que el elefante es algo que no es.

            Eso es lo que justo ocurre con las religiones dogmáticas. Jean-Claude Carriere —guionista de Luis Buñuel— sostuvo que “el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos”. Nada peor si esto ocurriera: el mismo Dios les ayudaría a sus fanáticos a destruir libros, bibliotecas y otras religiones o formas de pensar. Y lo haría sustentándose en una moral, pues la moral puede tener dos caras, y una de ellas es su cara destructiva.

            En efecto, en una ocasión, el poeta Rabindranath Tagore afirmó que “una banda de ladrones tiene que tener cierta moral a fin de sostenerse unida como banda; podrán robar al mundo entero, pero no podrán robarse unos a otros. Para que tenga éxito una intención inmoral, alguna de sus armas tiene que ser moral”. Y agrega que a veces nuestra misma fuerza moral es la que nos da la potencia para hacer el mal, para generar desorden, como explotar a otros en beneficio propio o robar el ajeno trabajo intelectual o material. Si una persona es inmoral es porque —lo quiera o no— posee una base moral. De otro modo, estaría más allá de toda moral, es decir, sería inocente, y la inocencia —en el ámbito cultural, humano— sencillamente no existe. Habrá que preguntarse qué base moral se le proporciona a la mayoría de los mexicanos para que su país nunca goce ni de estabilidad ni de la ansiada paz.