Alma Karla Sandoval

Nicaragua 2008. Una docena de mujeres protestan en el Festival Internacional de Poesía que cada año se celebra en Granada. Juntas, organizan un desfile que escandalizó a varios. A la declaración de ese grupo de poetas, narradoras y feministas autónomas, se le llamó La Franja. No había ocurrido aún el golpe de estado en Honduras ni el atroz asesinato de Berta Cáceres, pero aquella resistencia estaba lista, esperando, fatalmente, lo que podría suceder. Recuerdo la posición de varios compañeros poetas que se burlaban de esas mujeres dialogantes y encendidas. Los bardos aseguraban que exagerábamos, que pretendíamos convertir la fiesta de la Literatura en un mitin. Y eso que aún no sabíamos de Ayotzinapa, de la tragedia guatemalteca en un orfanato parecido al infierno. 

    Así que anduve entre la desaprobación de una elite poética latinoamericana, con quien me iba a beber y a discutir por las noches, y el grupo de artistas, activistas, feministas con sus textos en ristre.  Cuando le pregunté a todo el C4  reunido en un bar a eso de las cuatro de la mañana, por qué si se la pasaban denostando los esfuerzos de mis amigas, no tenían problema con recibirme en su mesa, respondieron: “Es que tú sí sabes escuchar, es que tú sí negocias, es que no eres ultra”, aseguraban, y yo abría los ojos preguntándome de dónde sacaban esas ideas, ¿de las blusas románticas, del maquillaje, de la larga caballera oscura de entonces, del hecho de que no  hablaba como un “marimacho”, según ellos?, ¿de dónde el que me vieran como una especie fronteriza entre el feminazismo –aberrante término– y el cliché de una poeta oficial, una poeta bien, una poeta como todas que no se enloda con la vida real y se esconde en las torres de marfiles tóxicos? Escondites que se aplauden a lo Paz, no a lo Huerta, claro. La mejor respuesta se haría simbólica con el tiempo. “Es que usas vestido”, reveló Carlos Cabrera Bravo. “Pues sí, vivo en Cuernavaca”, expliqué. Se hizo un silencio y entendí completamente que el machismo soft o hard,  vincula directamente a la apariencia con la idea, así de miope es. En esos años ya me consideraba una feminista reacia que lloró cuando Maya Cu leyó su enérgico poema “Zas”, que conversaba con Jessica Sánchez, Melissa Cardoza, Norma Mogrovejo, todas autoras del número titulado “Escrituras de la violencia” de la Revista Blanco Móvil.  Sí, era yo una joven poeta que viajaba con Francesca Gargallo, amiga y maestra deslumbrante por la energía de su intelecto.

   Nueve años después, cuando me acerco a las fotografías de La Franja, es inevitable pensar que teníamos razón, mucho debía arreglarse, las resistencias debían guarecerse en el  techo de estéticas más profundas, ya que el mundo entraba en espirales dolosas y la supuesta transición a la democracia en nuestra región era sólo un polvorín  latente. Y sí, el avance del capitalismo voraz que acaba con nuestros recursos naturales, la vuelta a gobiernos conservadores, Brexit, Donald Trump, el fortalecimiento del heteropatriarcado, etc. Nos demuestran de nuevo la claridad de las  luchas de las mujeres, la legitimidad de sus protestas ante las inexorables cifras de feminicidios en el mundo que son visibles, pero el poder se encarga de trivializar, “también matan a hombres”, se quejan  los neomachistas con premios internacionales y doctorados en Humanidades que no humanizan a algunos. “De hecho, el patriarcado no existe”, me espetó algún otro porque como ya se dijo, esto de parecer “negociadora”, te convierte en un blanco de argumentos obtusos, hasta de súplicas: “Dile a tus amigas que se calmen”, escuché una vez. Mis amigas, las más inteligentes que conozco, las descolonizadas que han escrito libros de primer nivel, las viajeras, las insumidas, divorciadas, lesbianas,  las trans, las autónomas, las que más he visto hacer lo que quieren, con una felicidad que abreva del pensamiento ilustrado, de sus éticas básicas o una intuitiva noción de justicia prueba del escarnio.  Mujeres que no pienso hayan perdido la vida trabajando duro, estudiando idiomas, pasando estancias en universidades muy exigentes, saliendo a las calles con pancartas y discursos perfectamente puntuados, mujeres que luego educan a otros desde una postura confrontativa y compleja. Lo siento, Valeria Luiselli, ya sabemos que estás equivocada.

    De ahí que el hecho de que una publicación cultural con el prestigio  y tradición de Blanco Móvil, se atreva a ceder un número completo a las voces femeninas, es una acción que debería replicarse en el panorama editorial de este país violento con todos, pero mezquino y psicópata con las mujeres. Se trata de una violencia que se cierne hábil en unas ocasiones, pero también muy cruda con las escritoras, si no, ahí tienen la breve muestra del moridero que presenta Amaranta Caballero. Por su parte, Angélica Gorodischer nos cuenta que a las mujeres no se les lee. Agregaría que cuando los hombres letrados lo hacen, es para denostar y, sin son “gentiles”, para hacer recomendaciones que pretenden reducar, como se hacía en los campos de trabajo, para que la chica que pretende escribir no cometa el error de crear desde su género. Escribir como hombre es garantía. Odette Alonso, María Baranda y yo hemos probado que cuando participamos en concursos con seudónimos masculinos, nos va mejor,  y que cuando se dice que eres buena autora es porque no escribes como mujer, entonces eres talentosa, universal, tu voz es auténtica, tienes con qué, pero,  ¿no será que eres complaciente, que es decir, domesticada? Y domesticarse claro, funciona, si lo único importante para ti es el Versalles de la Literatura, el oropel, la beca, el premio, el circuito comercial, las antologías siempre dudosas, pero de amplia circulación.

     Sí, mucho se ha reflexionado sobre las infinitas formas con que el patriarcado nos hiere por igual. Los testimonios y ejemplos son incontables trátese de quien se trate. Sin embargo, casi todas las mujeres el mundo han sido violentadas en menor o mayor grado, cualquiera de ellas está en peligro, sobre todo las que alzan la voz, las que se organizan, las que en grupo siendo rusas, chicanas, ucranianas, chilenas o hondureñas, le manden un mensaje de humanidad a las cúpulas gobernantes. Sin embargo, las calladitas y hermosas que no salen de sus casas, las que no se ensucian con estos temas, las que no tienen noticia de que el mundo no es una cárcel, también. Basta, efectivamente, con usar algún vestido.