Pilar Calveiro Garrido

Personalmente no creo que estemos en un contexto de guerra aunque sí de extraordinarias violencias que es preciso resistir y pensar bajo otras categorías. Las guerras son luchas armadas entre dos o más naciones o entre bandos de una nación, que persiguen la eliminación física del otro, lo cual no refleja la situación del México actual.

¿Cuáles serían aquí los bandos en guerra? Desde luego, no el Estado en contra del “crimen organizado”, como pretendió Felipe Calderón, puesto que una y otra vez constatamos la participación de los agentes del Estado en las actividades criminales. Si acaso, estamos frente a luchas entre grupos criminales protegidos y articulados, invariablemente, con fracciones del Estado y del aparato gubernamental para asegurar el control territorial de ciertas regiones, estratégicas para sus negocios comunes, sean estos legales o ilegales. Y sin embargo, tampoco estos grupos terriblemente violentos, están exactamente en guerra entre sí. Más bien tratan de garantizar su “señorío” –como bien caracteriza Laura Rita Segato este tipo de poder- en territorios específicos, a la vez que hacen negocios y acuerdos –inestables pero acuerdos al fin- para asegurar un dominio que pretenden absoluto sobre bienes y personas. Ellos sí hablan de “guerras” y tratan de instalar escenarios bélicos donde sea que intentan asentarse, desplegando violencias en principio incomprensibles, para así desperdigar el miedo e imponer su control. Pero en verdad, no están en guerra, no hay un enemigo contra el que luchan -ni el Estado que los protege, ni los otros grupos de este capitalismo criminal con quienes pactan y reparten, ni la ciudadanía en su conjunto. Eso sí, son capaces de ejercer la mayor violencia de exterminio y disciplinamiento contra cualquiera de ellos que restrinja o amenace su control territorial, clave de la acelerada concentración que protagonizan. Así pues, parece que el lenguaje de la guerra es afín al Estado y a las redes mafiosas coludidas o protegidas por él, pero no necesariamente es acorde a la mirada de sus víctimas ni a las prácticas resistentes que tratan de enfrentar tales violencias.

Los más perjudicados por estas “guerras” no son beligerantes. Es población civil que no guerrea aunque, en algunos casos, defienda su territorio, sus vidas y su dignidad de manera armada. Pero no están en guerra con nadie, más bien se defienden de la guerra que intentan imponerles.

El estado de guerra supone la existencia de un enemigo que es necesario eliminar para conservar la vida y el territorio. La acción defensiva, en cambio, es bastante diferente: utiliza su fuerza para expulsar el peligro que la amenaza; luego controla y protege su territorio. No persigue ni pretende el exterminio del otro pero trata de inhabilitarlo o neutralizarlo en un ámbito restringido, el propio. No recoge el guante de la guerra –que lo llevaría a tratar de superar la fuerza del otro para eliminarlo-, sino que se defiende, no deja pasar, no deja penetrar su violencia; es resistencia y, como tal, puede llegar a ser extraordinariamente efectiva.

Entiendo que las resistencias comunitarias, como las de Cherán K’eri o la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias del Estado de Guerrero (CRAC-PC), son de este orden. No hacen la guerra ni hablan de guerra, más bien resisten a las lógicas de guerra del Estado y de las redes criminales que se alimentan entre sí. Basta observar sus prácticas hacia adentro y hacia fuera de las comunidades para reconocer su textura resistente, no bélica. Y es en ello que me interesa detenerme aquí.

En primer lugar, a la par de desandar el discurso guerrero, considero que es políticamente imprescindible romper con una visión romántica o idealizada de lo comunitario y sus formas de resistencia.

Lo comunitario no es una realidad pura, simple, arcaica ni preestatal; es sencillamente otra forma de organizar la vida social y política que cuestiona y tensa al Estado-Nación, especialmente en su fase neoliberal. La comunidad, como realidad compleja que es, se le escapa al Estado en más de un sentido, pero no necesariamente se opone a él y, en ocasiones, se puede articular y dejar penetrar incluso por sus peores prácticas.

Diferentes formas de lo autoritario y las lógicas hegemónicas, que hoy conectan lo público y lo privado, lo legal y lo ilegal forman redes que atraviesan lo comunitario indígena y no indígena. Sin embargo, lo hacen principalmente mediante distintas prácticas de desposesión que, aunque beneficien a unos pocos, lesionan el patrimonio colectivo y, por lo mismo, tienden a ser resistidas por las comunidades como respuesta de sobrevivencia. Por otra parte, estas tienen dinámicas de funcionamiento y toma de decisión diferentes, capaces de identificar las amenazas internas y “filtrar”, de alguna manera, lo que consideran lesivo, separándolo de aquello que toman y actualizan. Pero, sobre todo, han desarrollado a lo largo de siglos de resistencia, la capacidad de permanecer en los márgenes y construir alternativas diferentes desde allí, aun en las situaciones más adversas. Sin ser necesariamente antiestatales, estas alternativas son diferentes del inventario gubernamental. Quizás uno de los rasgos más interesantes de las experiencias comunitarias en México es la diversidad de estrategias resistentes que son capaces de desplegar de manera simultánea, desde la lucha legal hasta las resistencias armadas pasando por diferentes formas de presión, negociación y movilización, como podemos ver en la CRAC, que lleva más de 20 años de organización y resistencia. Ello nos revela una visión compleja y cautelosa de la política, muy distante de la estructura bélica amigo-enemigo.

Para tratar de mostrar esto voy a recurrir al relato de dos mujeres pertenecientes a la CRAC: Nestora Salgado, Comandante de la Policía Comunitaria de Olinalá y Felícitas Martínez Solano, integrante del sistema de justicia. Ambas tienen lugares destacados dentro de la Coordinadora, y sus relatos cobran importancia particular al dar cuenta de las luchas de la organización, a la vez que de sus propias luchas como mujeres en un contexto principalmente masculino.

Las comunidades de Guerrero han tenido que enfrentar a las redes criminales, aliadas con fracciones del aparato gubernamental, que desatan violencias extraordinarias para atemorizar a la población y, de esta manera, lograr el control de los territorios que consideran estratégicos. Pero en la región de la CRAC no han logrado su cometido. Generaron miedo, sí, pero el miedo es un sentimiento ambiguo que puede provocar respuestas divergentes, no necesariamente la huida o la parálisis que los poderosos pretenden. “El miedo es capaz de tirarte al piso o de armarte de valor” (Nestora Salgado), ambas cosas. Y esta segunda opción es la que estas comunidades y estas mujeres, como parte de ellas, han adoptado.

Por ejemplo, cuando se dio el levantamiento de Olinalá, como consecuencia del secuestro de choferes de la comunidad por parte de los grupos criminales, Nestora fue una de las personas que salió a convocar a la gente para que se atreviera a defenderse y actuar. Después de que los comunitarios desarmaron a los policías municipales -que se negaban a perseguir a los delincuentes-, trepada a una patrulla, comenzó a arengar a la población, por los altoparlantes, instándolos a reaccionar. “Salgan –les decía- no tengan miedo. Nos están matando como a cucarachas. No nos pueden tener acorralados y pisoteados. El miedo nos hizo explotar –reflexiona- (nos hizo) salir a gritar: ‘Ya no más’”. Y fue después de estos hechos que se constituyó la Comunitaria en Olinalá.

Como se puede ver, estas acciones son parte de una violencia defensiva no sólo por las circunstancias que la desencadenaron sino, sobre todo, por sus consecuencias. Las resistencias tienden a detener la violencia del otro, no a sobrepasarla, y por ello, en lugar de escalar en el uso de la fuerza, como hacen las guerras, la desarticulan. En efecto, distintos relatos de experiencias comunitarias –no sólo de la CRAC- evalúan que, a partir de la reacción armada defensiva, la violencia disminuye en sus territorios, en lugar de incrementarse.

Asimismo, cuando la comunidad de Olinalá reaccionó, cuando tomó las armas en defensa propia, la violencia se retrajo porque, como lo señala Nestora, “cuando nos ven armados, también ellos se detienen”. El narco no se mete mucho donde hay policía comunitaria porque encuentra una resistencia que dificulta todo su accionar. Así, a partir del levantamiento se detuvieron los secuestros, dejó de haber robos -salvo de ganado- y desapareció el crimen organizado de la comunidad, aunque no de los alrededores.

También Felícitas Martínez señala que la Comunitaria ha logrado detener la actividad más violenta de las redes criminales, asociadas con estructuras gubernamentales. Es decir que estas experiencias contradicen abiertamente la afirmación de que toda violencia acarrea más violencia. Indican, más bien, que las violencias defensivas tienen la capacidad de contener esas otras violencias desatadas las cuales, al encontrar resistencias, se desvían hacia otros espacios donde pueden operar sin obstáculos. Se podría decir también que las violencias que no encuentran resistencia tienden a multiplicarse y profundizarse, a “enseñorearse” radicalmente en los espacios. Por ello los comunitarios sostienen la importancia de permanecer armados e independientes de las policías rurales institucionalizadas, para mantener su capacidad de respuesta defensiva.

En los territorios administrados y controlados por la Comunitaria, uno de los desafíos principales -eminentemente político- consiste en lograr estrategias que permitan articular sus luchas específicas con otras, de manera de obtener mayor fuerza. “Es necesario ser imán, unir las fuerzas. Es una sola fuerza la que queremos”, reflexiona Salgado ante las políticas de división propiciadas por el Estado. En la misma dirección, pero yendo incluso más allá, Martínez sostiene que los desafíos actuales tienen que ver con que “los movimientos indígenas y no indígenas estamos fracturados a nivel nacional. Estamos fracturados, cada quien hace su grupito. ¿Cómo unimos este movimiento? […] Aquí el asunto más bien es con la mafia ahora porque el narcogobierno que tenemos en este estado, en este país, a nivel nacional, es muy complejo […[ ¿Cómo queremos cambiar esto? Sólo haciendo la unidad […] Tiene que hacerlo la sociedad civil, nada que con partidos ni con nadie”. La forma de pensar el conflicto es claramente política; se refiere a movimientos y sociedad civil por una parte, mafia, narcogobierno, partidos, por otra. No hay guerra aquí; hay proyectos políticos que, desde luego, no son ajenos a la violencia.

A su vez, estas luchas no cancelan otras, las que llevan adelante las mujeres con sus propios compañeros. Según ellas, la participación de las mujeres en la CRAC ha sido importante; lo han hecho principalmente en las funciones organizativas, pero también es cierto que “en las movilizaciones, en las marchas ellas son las que van por delante […] Fueron las que desarmaron a la policía judicial” (Martínez) en San Luis Acatlán y quienes protagonizaron muchas acciones de confrontación y riesgo.

A diferencia de cierta percepción de la mujer indígena como sumisa, Nestora Salgado enfatiza: “Yo conozco a las mujeres indígenas, aguerridas, luchonas; son muy decididas en su actuación. Mi madre era indígena y era una mujer muy decidida, muy valiente […] (Y agrega:) En Olinalá fue decisiva la mujer y ha sido muy participativa. (Muchas de ellas) no son parte operativa, pero sí organizativa […] Cuando yo estuve en Olinalá (como comandante de la policía comunitaria) tuve muchos apoyo (de ellas)”. Es decir, la presencia de la mujer es relevante para el desarrollo cotidiano de las actividades de la CRAC, y también para las acciones fuera de la comunidad.

Sin embargo, la participación en los puestos de toma de decisión ha sido limitada y enfrenta dificultades sociales y culturales. Felícitas Martínez reconstruye su experiencia, recordando que comenzó a asistir a las asambleas de la CRAC cuando ya era estudiante universitaria. Durante ocho años, fue a las asambleas, pero “nunca hablaba”, “nunca decía nada”, “nomás alzaba la mano” y, agrega, porque “me daba miedo hablar”.

Sin embargo, en 2006, fue la primera mujer reconocida por la Asamblea Regional para ser parte del sistema de impartición de justicia, aunque esto ocurrió más de diez años después de existencia de la Comunitaria. Ella lo relata así:

para todo estábamos las mujeres, en las marchas, en los movimientos, en las asambleas, pero no podíamos estar en la toma de decisiones […] (En enero de 2006) pedí la palabra a la asamblea. Le dije: “Aquí están las mujeres, que en el aniversario de la policía comunitaria (en 2005) ya se aprobó que haya participación de las mujeres, y aquí estamos”[…] Y dijeron las autoridades: “Entonces que pasen de una vez” […] Pasamos enfrente de la asamblea […] No hay mujeres en la asamblea, son todos hombres porque los policías son hombres, las autoridades son hombres, los comisarios son hombres […] ¿Te imaginas? Ver muchísima gente en la asamblea y todos son hombres. Y nosotras allí. 

En ese contexto, completamente masculino y algo intimidante, sin embargo ella fue designada, lo que representó un avance en la lucha de las mujeres dentro de la lucha de la Coordinadora.

El relato de Felicitas Martínez da cuenta, desde mi punto de vista, de la doble dificultad de reconocer el lugar de las mujeres por parte de la Coordinadora inicialmente, por parte de las comunidades, sus familias, sus parejas, pero también por la dificultad de ellas para cambiar de lugar en un espacio predominantemente masculino. Y nos habla de la potencia, del tránsito desde la imposibilidad de la palabra hasta la demanda, para llegar a constituirse en autoridad que imparte justicia. Todo ello constituye una verdadera historia de resistencia contra el entorno, contra la costumbre, contra las jerarquías de género instaladas por siglos y contra el miedo.

En este sentido, y desde la perspectiva de las mujeres, hay que decir que el valor en la calle, en la asamblea, en la organización, tiene un paralelo con otro valor, el doméstico. También la mujer, en casa, con el marido, puede reaccionar. “Si te acobardas –dice Nestora- si te atas de manos, (el miedo) acaba con tu voluntad, con tu autoestima, pero cuando te recuperas de eso, ¡aguas! Cuando la mujer se sobrepone a eso, el miedo la hace reaccionar”. Y de nuevo, la reacción no potencia la violencia sino que la detiene.

Los varones ven las cosas de manera diferente que las mujeres, no siempre son solidarios, a veces no apoyan la participación de sus parejas, pero junto con estos señalamientos, también está el reconocimiento.

Los compañeros son sabios […] no fueron a la universidad pero sí saben, sí saben. Dice un compañero: “Tú eres prófuga del metate”. Y yo le digo: “Tú eres prófugo del machete porque deberías estar sembrando maíz y que andas aquí, echando la revolución”. Muchas de las veces no se reconoce la labor que nosotras hacemos, como que no tuviéramos la suficiente capacidad de hacer las cosas, y que sí la tenemos”.

Pero tampoco aquí la conclusión es guerrera, más bien confía –aunque con cierto cansancio- en el equilibrio y la capacidad de “ambas partes para poder caminar juntos” (Felicitas Martínez).

Así es, ambas partes, hombres y mujeres, prófugas del metate unas y del machete los otros, luchan contra un orden de violencia y exclusión que intenta imponerles la guerra y, en esa lucha, logran resistir y fugar de muchas maneras. En este espacio alternativo, de construcción comunitaria, también encuentran la posibilidad de un reconocimiento impensable  en otros contextos: ellas son comandantas, son autoridad, salen del silencio y todos juntos construyen un mundo con sus propias autoridades, con sus propias leyes, con sus propias lenguas, un mundo que les pertenece.