Ricardo Sevilla

El jovencito Paul Claudel es un poeta ateo, glotón y altanero. Durante su adolescencia lee con admiración a Baudelaire, y cuando conoce a Rimbaud se deja embelesar por la lectura de Une saison en enfer. En lo que se refiere a cuestiones estéticas, le agradan las expresiones sofisticadas y, lo más pronto que puede, corre a buscarse un lugarcito entre los discípulos de Mallarmé.

Junto con Gide, Léger, Bloch, Jacques Rivière, Patmore, Fargue, Duhamel, Vildrac y otros apantallantes intelectuales, Claudel engorda la nómina de colaboradores que estampan su nombre en La Nouvelle Revue Française. Como la mayoría de aquellos autorazos, el futuro diplomático francés busca la sugestión en paradigmas filosóficos y arranca sus primeras prácticas literarias esgrimiendo un porfiado rigor lingüístico. Arrebatado por la trigonometría lírica del autor del autor de Un coup de dés jamais n'abolira le hasard, se impone el rebuscamiento como norma poética. Hay que leer las piezas que escribe durante esta época, todas cuajadas de ecuaciones exóticas y artificios matemáticos: Connaissance de l'Est y Poèmes de la Sexagésime. Es probable que para aquellos lectores indiferentes a la aritmética del verso, no pasen de ser dos muestrarios de piezas abstrusas. Era comprensible: Claudel, adecuando su voz a las tendencias del momento, se jura simbolista.

            Pero la adhesión a los acólitos de Mallarmé termina aburriéndolo y, al cabo de un tiempo, rompe su enlace con ellos. ¿Qué lo impulsa a truncar el vínculo? Él mismo nos ofrece la respuesta en sus Mémoires improvisés: «Nunca tuve el instinto de participación en un equipo. Siempre me resultó muy difícil acomodarme a eso. En ningún momento de mi vida me fue posible sentir ese sentimiento que se llama camaradería. Es un punto que tengo en común con Rimbaud cuando dice: “La camaradería y la compañía de las mujeres me estaban prohibidas”.». Eso por un lado.  Pero hay más: Claudel, que recela de todo, comienza a pensar que la obra de los emperifollados simbolistas, además de su exotismo abstracto, gravita en el vacío. Y como él ve las cosas, el ateísmo y la negación −cuando no el desdén o la completa indiferencia− no pasa de ser un gesto burdo que, por fuerza, terminará extraviándose en la nada. Y Claudel, como su admirado Pascal, siente un invencible horror frente al vacío. Y, ante el miedo de disiparse en la insustancialidad literaria, corre a buscar un asidero. Y justo lo encuentra en la religión con la que, desde muy pequeño, se la ha pasado entre pleitos y devaneos: el catolicismo.

En el primer tomo de su Journal nos cuenta todo con pelos y señales. A los 18 años, durante una misa de gallo en Norte Dame, Paul, que toda su infancia se había sentido un niño triste y rechazado, decide abrazar el catolicismo. ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión, además del desconsuelo? En 1904, en una carta enviada a su amigo Gabriel Frizeau −un productor de vino que se dice amante del arte y, para probarlo, colecciona obras pictóricas y esculturas− nos refiere el momento preciso en el que siente la conexión: “Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos”.

Desde el comienzo de su enlace con el catolicismo, Claudel no se muestra moderado sino todo lo contrario: ardoroso y afectado. Y para demostrar que no se andará con timideces, le da una vuelta de 360 grados a su obra, y conforme más avanza en su carrera literaria, se vuelve uno de los escritores más sectarios y dogmáticos de su nueva tradición apostólica.

No sólo se apresura a ungir su alma con los correspondientes sacramentos: bautismo, comunión y confirmación, sino que para aliviar su obra de toda apostasía, su credo se derrama sobre toda su literatura. Después de su conversión −y ya apegado celosamente a sus nuevo misticismo− se dispone a extender su arenga en el campo intelectual. En primer lugar, lanza una condena hacia la inspiración introspectiva. Para el renovado Claudel, la conocidísima máxima socrática “Conócete a ti mismo” no pasa de ser una bobada y una pérdida de tiempo. En la entraña humana –de acuerdo con él− no hay ningún conocimiento íntimo que sea digno de ser estimado. Desde su punto de vista, el cuerpo no es más que una carcasa limitada y el espíritu –“una esencia sin forma”− corre el peligro de extraviarse como un céfiro si no cuenta con un verdadero fundamento.

Su repudio por las poéticas personales crece desmesurado y le hace decir: “Escribir historias privadas es destruir la propia sinceridad”. Para el autor de Visages radieux hablar de sentimientos individuales significa, además, adoptar una pose intolerable y, con la chusca gravedad de un clérigo salido de una novela de Léon Bloy, advierte: “Mirarse a sí mismo es falsearse totalmente”. Uno de los estudiosos más conspicuos de su obra, el crítico Félix Castan, subraya: “Claudel está contra la filosofía de la unidad, está por la filosofía de la pluralidad”.

Hasta ahí, todo bien. Cada artista, loco o cuerdo, puede abrazar libremente la doctrina o el evangelio que mejor le acomode. Pero el fanático Claudel –que ha comenzado a sufrir el prurito del predicador− no se contenta con seguir él mismo sus propias pautas: quiere comunicar su mensaje y, con la misma convicción de los paulinos que llegaron a Salamina, intenta guiar a las huestes paganas hacia lo que, a su juicio, es la única verdad poética: “la palabra de Dios”. Ya metido en su papel de apóstol, no se cansa de reprender a los paganos que no comparten su credo literario. Y como los desdeñosos son muchos, no deja títere con cabeza. Utilizando como un fuete su poderoso estilo enrevesado, comienza a denunciar a todos los “hipócritas anticlericalistas” que le salen al paso:

“Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos”.

Y de Santo Tomás, que también le parece un fementido, escribe:

“ese buen hombre que nunca define nada, que está guiado por una pasión casi de loco, me llenaba de repulsión”.

Claudel, que no quiere formar parte de ningún coro, como no sea el estrictamente católico, hace crecer su inventario de rechazos: le niega méritos al naturalismo, repudia el ocultismo, desdeña el socialismo y, más que cualquier otra tendencia, menosprecia el conjuro surrealista. Por suerte, el poeta que siempre lo habitará, nunca dejará de trabajar con las más electrizantes dimensiones sonoras del lenguaje. El católico converso –aunque, con cierto dejo de mojigatería, abjura de su pasada militancia mallarmeana− continúa ejercitando una poética montada sobre un estilo embrolladísimo, reacio a toda claridad. Y aunque sus motivos sean diferentes, será siempre un mallarmeano de closet.

Para el evangelista Claudel todo el mundo yerra, el género humano desatina e, incluso, él mismo se equivoca. Y como todo es pecado y herejía, hay que apreciar las grandes obras con mansedumbre: “leamos la Vulgata, leámosla como debe ser leída, de rodillas”. Refractario a toda agrupación o partido −como Charles Péguy y Georges Bernanos−, declara: “Pero leamos en soledad, únicamente en compañía de nuestro espíritu, que ya es muy alta compañía”. Y agrega: “Nada de hatajos ni muchedumbres”; “las congregaciones únicamente sirven para hacinar quienes desean profesar la imbecilidad”.

            Por su parte, los surrealistas, fanáticos ateos, lo califican de farsante y lo rechazan con vehemencia. Claudel, que no quiere verse emparentado con estos “borrachos faranduleros”, es el primero en desdeñarlos: “En cuanto a los movimientos actuales, ni uno solo puede conducir a una verdadera renovación o creación. Ni el dadaísmo, ni el surrealismo que tienen un sólo sentido: pederástico”. Los surrealistas, siempre agitados por las pendencieras instrucciones de Breton, le responden en su famosa Lettre ouverte à M. Paul Claudel.  “Nuestra actividad sólo tiene de pederasta la confusión que ella introduce en el espíritu de aquellos que no participan en ella”. Hay quienes han querido ver en esta violenta ofensiva, la disputa de dos amantes enamorados del mismo hombre: Rimbaud. Estoy de acuerdo. Me parece admisible que los surrealistas y Claudel, en el fondo, desearan hacerle notar al público cuál de los dos era el adepto más apasionado.

Es posible que la obra de Paul Claudel –cuando menos hasta hoy− no se haya disipado totalmente en el vacío, como temía el desestimado poeta francés. De hecho, si ahora mismo la estamos atendiendo, significa que su literatura haya logrado cierta trascendencia. Pero, si cabe un poco de franqueza, no se debe en lo absoluto a la repulida maquinaria lírica que practicó, que, dicho sea de paso, alcanza vuelos más cimeros en Mallarmé y Valéry. Tampoco en los tópico de la narrativa cristiana que ostentó, que, la verdad sea dicha, tocó cumbres más altas en los trabajos de François Mauriac o de Chesterton. Lejos de haber “introducido en el catolicismo una fiebre de tragedia muy apreciable” –como observó el agudísimo Josep Pla−, lo cierto es que la obra de Paul Claudel jamás podrá sustraerse completamente de la santurronería poética que la infesta. Y si intentamos purgarla de esto, como alguna vez sugirió José Joaquín Blanco, salvo algunos acordes para el oído, no quedaría gran cosa para apreciar. Infelizmente, para quienes intenten purgarlo de sus componentes litúrgicos, habría que recordarles que el tema cristiano no fue solamente el punto de apoyo de todo el quehacer literario de Claudel: el móvil católico fue, de hecho, lo que hizo posible que sus obras más vigorosas y significativas alcanzaran semejante aliento poético.