Elena Garro: intelectualidad y disidencia en “Las cabezas bien pensantes”

Si Elena Garro se distinguió por ser como ella se definió “una partícula revoltosa”, en “Las cabezas bien pensantes” hallamos una pluma finísima que disecciona el papel de aquellos intelectuales que sostienen el statu quo. Esa partícula revoltosa se vuelve escritora beligerante para colocar en el escenario la antítesis de las cabezas bien pensantes: Lola, la protagonista. Lola, quien a pesar de ser heredera de Minerva debe ser clandestina en un momento y en un espacio en que el pensamiento no tiene cabida.

Nuestra autora bien lo sabemos, es la gran representante de los exilios no sólo geográficos, también literarios. Y no hay que olvidar que un exilio es ya una desgarradura que nos enfrenta a la oquedad; esa oquedad, aun en estos tiempos en que parece existir un boom del rescate de mujeres escritoras ha estado marcado por el canon político y literario. Porque claro, no hay literatura sin política, es decir no podemos concebir ningún texto como aséptico porque de una u otra manera todo texto forma parte de ese entramado y filtro que Bourdieu llamó campo cultural. En este sentido cabe mencionar que la obra de Garro debe ser urgentemente posicionada en lo que Sigrid Weigel, en La mirada bizca, llama el “mapa de los textos literarios: allí donde se había olvidado un nombre de mujer”.

 

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¿Por qué acudo a la palabra “urgencia”? Porque me parece que Garro, como otras tantas escritoras, forman parte del conglomerado de anécdotas que desplazan su trabajo intelectual. ¡Ah, Garro! ¿La que fue esposa de Paz. ¿No? Trillada enunciación que inhuma la labor de escritura y reflexión que conlleva el acto literario. Quiero aclarar que no se trata de una defensa a ultranza de esta escritora. Estoy totalmente de acuerdo con las palabras también de Weigel cuando afirma: “Un texto descubierto en un archivo polvoroso no será bueno ni interesante sólo porque lo escribió una mujer”. Es cierto, bajo las prácticas seudo intelectuales quieren posicionar, desde lo políticamente correcto, la palabra de las mujeres. Encontramos así, discursos carentes de sentido estético, ausencia de palabra labrada, de historias con cimientos bien construidos. Para fortuna, en esta labor de rescatar a Garro más allá de la sombra de Octavio Paz, hallamos una pluma que sabe manejar la narración en la que hay una crítica al establishment, sin que ello signifique caer en el panfleto.

Vayamos pues, al asunto de “Las cabezas bien pensantes”. Hemos dicho que el personaje principal es Lola, especie de desdoblamiento de Minerva. ¡Oh, diosa de la sabiduría pateada y perseguida! ¡Oh, diosa de la sabiduría que incomoda a aquellos que escriben con la “tinta funcional”! Minerva – Lola deben huir, esconder su sabiduría porque en el universo del cuento, el conocimiento resulta un estorbo. El pragmatismo hace que Minerva esté pasada de moda.  “Lola nunca se queja. Calla y me mira con sus enormes ojos de Minerva. Una Minerva melancólica, pasada de moda. Una Minerva pateada hasta vomitar sangre”. Pero Minerva – Lola parecen no claudicar: sobreviven en el universo en que absurdos decretos plantean, incluso, la muerte de las mariposas.

Si bien Garro, abiertamente dijo que no era feminista, su texto da cuenta de la ambigüedad cultural que también Weigel plantea: “[…] la mujer está a la vez involucrada y excluida del orden masculino”. Leamos un fragmento del cuento: “Los descalzonados que tomaron tu nombre Minerva, inventaron la ilegalidad de tu persona. También te encerraron como antigualla en las vitrinas ¡y de ahí no saldrás jamás”. Al menos eso opinan «las cabezas bien pensantes». Una mujer piensa, una mujer representa el conocimiento, e inmediatamente surge la sanción por parte del cuerpo intelectual oficial: el cautiverio. Las palabras son encerradas, los personajes se vuelven adorno; es decir, aparece la inhumación simbólica por haber roto los cánones de la cultura de esas cabezas bien pensantes que mayormente suelen ser hombres. Lo que he citado se emparenta perfectamente con una declaración de la propia Garro a propósito de ser una mujer intelectual: “En México por el simple hecho de ser mujer, todo queda invalidado … En México apenas una mujer es un poco inteligente, tiene otras aspiraciones; quiere trabajar, escribir, hacer algo, todos se confabulan para ver «qué le hacen», cómo la destruyen cómo la dañan”.

Garro rompe mediante su personaje Lola (que bien puede ser su alter ego) el logos y el falocentrismo que hace que el cúmulo de Minervas sea pateado en un tiempo en que “es de los comisarios”. Lola – Minerva es la gran antagonista de “las cabezas bien pensantes que vigilan con celo la libertad de los pueblos”.

Los Derechos del Hombre se vuelven vacuos discursos con significados totalitarios que terminarán siendo asertos para posicionar al cuerpo académico con todo y su tinta funcional en el falocentrismo al que hemos hecho alusión. “Hay que salvar al pene”, se lee en el cuento.

La salvación para Lola- Minerva, su gato y su hija, estará en la huida. Lo importante en esta parte del cuento es la inserción de lo fantástico. Como “la mártir”, así es sustantivada al principio del texto, Lola huye al cielo. Es la altura la que le da otra perspectiva de la vida: Por fin libre deja de ser “Lola la indeseable”. ¿Quién dijo que el mundo de la sabiduría y el mundo religioso donde San Pedro está presente, no pueden convergir?

“Las cabezas bien pensantes” niegan la posibilidad de la intelectualidad de las mujeres. Los derechos del Hombre se transforman en juicios para aniquilar y castigar a aquellas que desean usar la tinta propia. El gran filtro retratado en el cuento es aquel que da cuenta de qué y cómo, en apariencia se piensa.

Sea, así, este breve escrito una invitación a la reflexión para, por si acaso, podernos liberarnos de los planteamientos de “las cabezas bien pensantes”.

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PORTADA BM 136 137