Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

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Antes de deslindar géneros preponderantemente narrativos, como el cuento, la novela corta y la novela, no debe confundirse el ámbito de la escritura con el de la lectura. El escritor que se concentra en una sola trama, es decir, en un solo hecho, puede generar elipsis temporales o espaciales que hagan que el lector infiera que existen hechos detrás o hechos paralelos. Cuando hablamos de novela, e incluso de novela corta, podemos implicar dos o más tramas paralelas o entrecruzadas, pero una de ellas no necesariamente se halla enunciada en todos sus detalles. En un cuento puede haber multiplicidad de hechos enunciados, no desarrollados o inferibles, pero el género cuento como tal sólo admite una trama. Si intentamos desarrollar dos o más, puede suscitarse un error estructural: el desarrollo trunco de uno o varios sucesos. Entonces, valdría la pena convertir ese aborto de cuento en novela corta, desarrollando las dos o más tramas, ya sea de forma entrecruzada o paralela. Si se desea hacer un cuento con una multiplicidad de hechos truncos, éstos pueden ocurrir de manera introspectiva en la mente del personaje, que podría estar sumergido, por ejemplo, en un delirio. En tal caso, el monólogo con secuencias introspectivas sería la base: el cuento tendría que estar estructurado como flujo de conciencia y la trama principal se reduciría al personaje que piensa o imagina tal multiplicidad de hechos. Así estructuré mi cuento "La importancia del condimento", contenido en la antología El miedo lejano y otras fobias. Tal estructura permite que el cuento aparezca como sucesión casi interminable de hechos truncos que se suceden de forma continua en el flujo de conciencia.

Ahora bien, de cualquier forma se trataría de un experimento, ya que se sale de los parámetros considerados "tradicionales" de la cuentística, aunque sea posible. Lo importante es que funcione, y si la intención es proporcionar una sensación vertiginosa, cumple su cometido. Pero el cuento tradicional se concentra en una trama, aunque se pueda aludir de manera indirecta a otras no desarrolladas. Una novela, en cambio, admite digresiones, tramas trenzadas o paralelas, así como otros géneros y discursos intercalados. Si no existe de hecho la pureza en el arte, la novela es de verdad —como lo afirma Sabato— uno de los géneros narrativos más impuros.

En cuanto al ámbito del lector, allí puede interpretarse o completarse muchos huecos que de modo deliberado se dejaron en la escritura; no obstante, debe recordarse que la mejor interpretación integra los elementos textuales e incluso extratextuales tácitos o implícitos en el ámbito narrativo. Una mala interpretación agrega elementos no implicados. Es cierto que cualquier obra contiene elementos extratextuales en apariencia, pero no lo son, sino que están allí de forma tácita: pueden inferirse. Un ejemplo: si en un cuento pongo a dos personajes que cargan un baúl y lo ponen en una carroza tirada por caballos, no tengo que decir que se trata del siglo XIX o XVIII. El contexto es un elemento extratextual tácito: está allí. Muchos elementos extratextuales inexistentes en el mundo representado pueden provenir de la subjetividad del lector. Hay lectores (malos) que no toman distancia de lo que leen; al contrario: pretenden identificarse con el personaje (carismático o no) o con las situaciones. En narraciones muy sicológicas lo anterior es insensato.

Consideremos, por último, que no puede ponerse todo en una novela y mucho menos en un cuento. El error de muchos cuentistas novatos es que desean meter todo o muchas tramas o hechos en un género que se caracteriza por su intensidad, concisión y economía lingüística. En tal caso, yo aconsejaría que escriban una novela corta y no un cuento. La diferencia es estructural y no de cantidad de páginas.

Por Francesca Gargallo Celentani

 

Desde que recibí la invitación del Museo de Arte Popular a la inauguración de una instalación de Elizabeth Ross titulada Notlallo, una palabra nahua que significa tanto mi cuerpo como mi tierra, y que presenta dos mazorcas de barro oscuro, una en impresión y la otra en bajorrelieve,  sentí una viva emoción. El 6 de abril llegué a Revillagidedo 11 esperando algo. Con la tierra y con el maíz no se puede jugar, toda mazorca es una vulva dentada, una promesa de dulzura, carne del propio esfuerzo y del propio placer. En América, la humanidad es hija del maíz porque seres humanos somos lo que hacemos, lo que se nos ofrece y transformamos. El maíz que somos, la tierra en que brota, es nuestro cuerpo que se hace territorio con la fauna que lo habita, los campos, selvas o bosques, sus fuentes de agua, los espíritus que lo pueblan.

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Una ceramista de la calidad de Elizabeth Ross, desde hace años dedicada también a la instalación y la fotografía, sabe que manipular la arcilla michoacana para representar la planta que conforma la base de la dieta, la agricultura y el carácter de vida de la mayoría de los pueblos de México es muy arriesgado. Como todo símbolo de vida es uno de los más representados en las artes; la originalidad, por lo tanto, queda subsumida en la capacidad de abordar con tacto y significación a una planta que de por sí encierra todos los sentidos. Por otro lado, la estética es precisamente la expresión de emociones, la transformación del dato simple en una impresión que conmueve. ¿Cómo revivir las palpitaciones de la vulva diosa, de la mazorca esfuerzo, de la piel protectora de las hojas y la diminuta humanidad despojada que los olotes encarnan?

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Hombrecitos olotes, descarnados hijos de la dentellada, huellas de un tiempo de plenitud que, en una sociedad urbana donde todos los medios de comunicación y ciertas lógicas cientificistas abogan por una racionalidad técnica, es menospreciado en nombre de una modernidad mecánica.

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No hay tierra que no sea tierra para las mujeres, los hombres, les intersexuales y en México múltiples y diversos pueblos han cultivado por seis milenios una planta que hoy se niega a la uniformidad, es libre como el desierto, húmeda como una costa, dura como los altiplanos. Cincuenta y dos razas de maíz han generado más de dos mil variantes en el tallo, las hojas,  las inflorescencias pistiladas, las flores, el fruto y sus semillas. Son gordas, altas, delgadas, blanca, amarilla, naranja, rojizas y de un negro teñido de morado las mazorcas.  La arcilla estrujada hasta la caricia por las manos de Elizabeth Ross recoge en la manufactura de la forma  la turbación de una germinación y un crecimiento que para culminar en el fruto deben pasar por etapas tan semejantes a la formación humana que implican la seducción del polen, la espera de la madurez, el esfuerzo de la fructificación, la plenitud de la madurez fisiológica.

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Colgadas de delgados hilos como una lluvia de bendiciones materiales, dispuestas sobre mesas, recogidas en canastos, acompañadas de corazones dispuestos sobre las hojas, las mazorcas de Notlallo, (la exposición permanecerá abierta del 6 de abril al 26 de mayo) simbolizan la sacralidad de la tierra y el desconcierto de la necesidad de representarlas. La divinidad que las preside es una y múltiple, la sagrada vulva de todos los mantos virginales, pero también la fuerza de la juventud y la hermandad que Ross  atribuye a la más poderosa y derrotada de las diosas mexicana, la Coyolxauhqui lunar, aquella que descabezada sigue dominando las mareas y las lluvias, las siembras, las menstruaciones, la emotividad entera, con sus susceptibilidades y sus firmes afectos, su rudeza y su ternura.

Tocar la tierra y sentir en ella el cuerpo del maíz, su propia carne, parece haber inspirado este trabajo tan tradicional como provocador. Elizabeth Ross ha roto una vez más el prejuicio de la división entre arte popular y arte culto sobre la sabe de una mayor calidad del segundo. La arcilla de las vasijas primordiales es la materia misma de la estética más depurada.

Por Jos Hernández

 

4

 

¿Por qué escribir? El intento de resolver esta pregunta se ha convertido en todo lo contrario: una explicación de por qué no escribir, o al menos, por qué no publicar. Lo cierto es que razones para escribir hay tantas como escritores en el mundo. Cada escritor tiene su porqué, pues de no tenerlo, de faltarle una justificación, tendría que renunciar a su escritura, su actividad le sobrevendría vacía, sin sentido.

Cueste admitirlo o no, hay quien escribe para volverse famoso, vender muchos libros y cuando no hacerse rico sí vivir u obtener ganancias de sus creaciones. Todo esto forma parte de su sueño literario. Las estadísticas nos resultan desfavorables, indican lo complicado que sería introducirse dada la vasta competencia del mundo editorial y del mercado. Anhelar la gloria volvería a su sueño literario una pesadilla. Juan Carlos Onetti, considerado el primer existencialista de la literatura latinoamericana, tenía la convicción de que él escribía para sí mismo. Dudo de esta afirmación: aun si viviéramos en mitad del bosque el acto de escribir es evidencia de que poseemos un lenguaje, y si tenemos un lenguaje es porque lo aprendimos, es decir, hubo Otro que nos lo enseñó. Aún si un náufrago en la soledad de su isla se pusiera a escribir, tendría siempre en mente la posibilidad de que alguien algún día encontrara sus páginas.

En qué medida nos afecte la opinión de un hipotético público, creo que ahí radica la cuestión. Aquí es donde aparece el segundo tipo de escritor, al que la gloria le es un mero accesorio de su labor. Son escritores resignados, en plena conciencia de sus desventajas, escribiendo en silencio y, podría decirse que casi, para ellos mismos. “El escritor es un atleta de la derrota”, nos dice en Simone Eduardo Lalo. Resalto que no menciona la palabra artista, sino atleta, como si escribir fuera más entrenamiento, técnica y resistencia que talento. El mercado editorial es una competencia, pero ya lo dijo Borges “la meta es el olvido”.

 

Jos Hernández, admirador de la música de Vivaldi y el cine de Quentin Tarantino. Padece cierta fascinación por los relámpagos, las noches lúgubres, los órganos eclesiásticos y las máquinas de escribir. Sostiene que toda actividad literaria es paralela al sueño y a los juegos infantiles. Su escritura es inconstante, ejercida como una grave contradicción, pues posee los motivos suficientes para escribir como para dejar de hacerlo.

 

Por Alfredo Coello

Besa el espejo y escribe lo que

veas y oigas.

            Lawrence Ferlinghettti

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En su texto El Pozo de Narciso, W. H. Auden abre con esta reflexión: “Todo hombre carga de por vida un espejo, único e inseparable como su sombra.” La imagen de los espejos son misterios que los amigos guardan y casi nunca quieren darlos a conocer, a menos que una mujer hurgue en sus bolsillos o en la sonrisa de sus existencias.

Ese misterio que guardan los espejos es la brevedad de la vida en su imagen estampada a segundos antes de desaparecer por siempre. Ahora sí, diremos, nunca nos vemos en el mismo espejo. Sólo cuando miramos el retrovisor es que encontramos algún rastro de nuestros recuerdos. “Un espejo no tiene corazón sino una multitud de ideas”, si persigo esa imagen-idea en mis espejos, tal vez, algún día entienda para qué sirven los desgraciados y felices espejos.

El espejo a esta altura de la vida ya no sirve para nada, pues el futuro los ha opacado a todos juntitos: “a veces los empaña el Halito de un hombre que no ha muerto” (J. L. Borges /Los Espejos). Y los que han resistido están quebrados en su propia soledad. El espejo es la solicitud más cruel de soledad a la que aspira el individuo en este siglo de bosques enfermos y secos, de estelas y arrecifes agonizantes, siglo desgraciado tupido de fascismos y guerras. Este es el espejo de nuestra historia y “No seremos juzgados por el espejo que usemos sino por el uso que le hayamos dado, por el riposte a nuestro siglo.” (Auden / 1948).

En las ferias que llegaban a mi pueblo venía la “casa de los espejos” y nosotros, ingenuos infantes, buscamos interminables veces nuestros sueños y esperanzas en la imagen repetida hasta el cansancio de los espejos, donde jamás nos encontramos, sólo mirábamos en el vacío la repetición de nuestra imagen falsa o iridiscencia de nuestros deseos. Y el juego era a ver quien se perdía primero; no para encontrar la salida de la casa, sino para realmente perdernos. Podíamos quedarnos horas ahí. Tal vez acierta Cesare Pavese al sentir que Dejamos de ser niños cuando comprendemos que contar nuestras penurias no las soluciona.

Cuando la vida pasa frente al espejo de sus astillas se alimenta el sueño y sueña ese demonio atrapado en todas las irrealidades del insomnio.

Nuestro espejo gitano se divierte con las delicias de su imagen; el espejo es casa de tu solaz integración al olvido, el olvido es la escénica de todas tus falsedades y las horribles menciones a tu arrogancia de ser quien no fuiste. Cuando Borges desafía a su imagen nos difiere la ignominia de temores y misterios al preguntarse qué azar “Hizo que yo temiera a los espejos”.  La respuesta viaja abordo en el barco de todos los misterios del escritor. Su alma danza atrapada en el sueño y el líquido antifaz es reflejo de nuestras angustias y deseos cuando se encunan en “lo que se ve”.

Insiste: “Yo que sentí el horror de los espejos… donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos.” Aquí el horror imaginario invade la imagen del “otro” en el espejo, o entonces, el de algún antepasado que no conocimos y ni siquiera sospechábamos existía. No se por qué necesitamos de un lugar para descifrar nuestra presencia, decirle al mundo imaginario no de nuestra existencia sino de nuestra presencia; cuando “existir es un plagio” diría nuestro carnal Ciorán.

La frontera entre el mundo exterior y el interior nos acompaña desde el inicio, desde la primera mirada humana que se posó en la superficie del planeta. Al reconocernos a través de los ojos, sentimos el ojo en el espejo o, el espejo en el sueño del ojo que atraviesa esa mirada. Cuando el sentimiento ya no es humano ni infra o meta-humano escapa a todas la líneas de los límites internos o eternos.

El espíritu libre abre su aliento y la mirada atraviesa el espejo del “otro” donde ya no se reconoce. Principio de traición y odio que ha inventado la inteligencia de su “humanidad”. Da inicio la era de la robótica tan amada por unos y odiada por otros y mas importante; ignorada por los millones de pobres que habitan este planeta. La propuesta moderna es humillarlos y controlarlos, matarlos y explotarlos con los nuevos espejos que la “inteligencia” ha inventado en este siglo XXI.

El espejo es símbolo de la multiplicación de ‘nuestra’ alma, símbolo de la perdición de la memoria de su imagen y de su nahual. Puede interpretarse como una puerta para cruzar al otro lado de la vida y de ahí nos viene la tradición de cubrir o voltear contra la pared los espejos de las casas cuando alguien fallecía. Para Cocteau la muerte es el espejo de todo lo que fue nuestra vida, su tiempo y comprensión es señuelo inacabado. El espejo es puerta aún sin abrir el paso a esa memoria que todavía existe y propone lo imposible. ¿De qué? No lo sé.

Los espejosson las puertas por las que la Muerte va y viene. Mira toda la vida en un espejo y verás a la Muerte trabajar como las abejas en una colmena” (Orfeo, 1950 /J. Cocteau).

Una de las propiedades que tiene el espejo es el poder contemplar la imagen de sí mismo. Aislados, a través de nuestra mirada, podemos enfrentarnos sin obstáculos con nuestro propio yo. La imagen que devuelve “nuestro” espejo no es definitiva, sino múltiple, efímera y cambiante. Como el propio Cocteau apuntaba; nos enfrentamos a la realidad de lo humano y a su finitud. Casi igual que en el cine, el espejo refleja los vericuetos imaginarios de la vida, devolviéndonos una realidad latente y oculta. La sombra  en el espejo es nuestro misterio aún sin resolver.

Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo nos ofrece una definición interesante del Espejo: s. Cristal plano sobre el que aparece un efímero espectáculo que produce desilusión del hombre. Los espejos te mienten y engañan. Y mi pregunta es ¿cómo una superficie plana puede reproducir lo efímero? La respuesta incluye la desilusión y al mismo tiempo la vanidad del “yo” cuando la mujer le pregunta a su “espejito mágico, dime ¿quien es la más bella…?”

Jaques Lacan entra al escenario con su Teoría del Espejo y el reflejo de las personalidades. Su pregunta es argumento y casi un diagnostico ¿qué pasa cuando conectamos con alguien y pasado un tiempo descubrimos ciertos aspectos que no nos agradan? Aquello que nos desagrada del otro es lo que no nos gusta de nosotros mismos. Es lo que se denomina en psicología, “efecto espejo”. Y bueno, a mi me agrada mucho más las ideas que tienen del espejo Cocteau y Bierce en el Diccionario del Diablo. Tal vez Lacan cambió los peligros de la personalidad cuando se enfrenta a la sustancia de lo invisible y el espejo ya no es reflejo sino esencia de lo que no reflejan los espejos.

El espejo del tiempo vincula la vida y la muerte al instante. El inolvidable maestro Jaques Derrida afirmaba que: “Vivir, por definición, no se aprende. Ni de uno mismo ni de la vida por la vida. Sólo del otro y por la muerte.” La experiencia en su aliento canta, ríe y sueña. Vida y muerte no se aprenden hasta que se vive y se muere uno mismo en el ‘otro’ y cuando el ‘otro’ muere en ti mismo.

Un día caminaba en una de las playas de nuestro Pacífico y me encontré un pequeño espejo que había perdido un niño. Despacio miré su reflejo, el sol se desprendía, el mar soñaba furioso y tierno su infancia ¡también! Y en esa constelación de imágenes espejeadas en la memoria perdida de la infancia, he decidido escribir lo que escucho y veo… contar la historia de mi espejo único e inseparable acompañado de mi sombra. ¡No sé cuando!

 

Alfredo Coello; escritor, traductor, antropólogo y amante compulsivo de todos los insomnios posibles.

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

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Las obsesiones humanas, desde la antigüedad, nos han hecho fantasear en busca de situaciones ideales o ejemplares, pero bien irreales, como las supuestas vírgenes que conciben hijos. Horus, Mitra, Buda, Krisna, Dionisio, Lao-Tse, Zaratustra, Jesucristo... son hijos de la "pureza". Pero el afán por una pureza (siempre inexistente de tan abstracta) ha hecho que los idealismos en casi todas las geografías nieguen realidades tan tangibles y concretas como el cuerpo y todos sus fluidos, su dolor y placer. En tal sentido, el filósofo en general (de Artemidoro y mucho antes, a la fecha) ha sido el gran criminal por su tendencia a abstraerse, aunque a veces ha intentado subsanar sus crímenes. Si la razón nos ha perdido, también ha tratado de salvarnos. Estas paradojas de la cultura no cesarán mientras haya humanos porque de ellos es la cultura.

Entre los idealismos más perniciosos en Occidente (y luego transmitidos, por desgracia, al Oriente —aunque allí paradójicamente se encuentre su origen— y a las culturas de Mesoamérica) se halla el platonismo y el llamado neoplatonismo. Tales posturas idealistas no hubieran sido tan perjudiciales si no se hubiesen  tornado en cristianismo que, con el ingrediente judaico, fue (y es) una verdadera bomba contra el cuerpo y la dignidad de vivir, aun cuando muchos de sus "ministros" caigan en contradicción e insistan en que "todo ha cambiado" y "ya no es lo mismo que antes". Lo cierto es que la hipocresía, doble moral, "mentiras piadosas", "santa ignorancia" y represión subyacen desde los orígenes de esta postura idealista y obsesionada por la pureza.

En otras zonas, sin embargo, el platonismo y neoplatonismo no tuvieron los mismos efectos. En una de sus más ambiciosas obras, el filólogo e historiafor Américo Castro aclara que "Islamismo y neoplatonismo combinados hicieron posible mantener la pacífica convivencia del erotismo y la religión, imposible como simultaneidad para el cristianismo, cuya creencia no le permite abandonarse justificadamente a las dulzuras del amor carnal". Un ejemplo histórico de esta convivencia armónica es Ibn Hazm. En el Islam, en efecto, pueden coexistir el refinamiento de la espiritualidad (del intelecto) y la materialidad más tajante. Castro tiene razón cuando afirma que ningún cristiano mezcla "en un mismo escrito lo divino y la sexualidad más cruda", y cuando esto llega a ocurrir en textos antiguos, hay un influjo árabe. Yo agregaría el influjo del Cantar de los cantares, obra excepcional en el canon judaico antiguo, cuya prepondencia es siempre masculina y en pro de la reproducción. Cuando en textos modernos se mezcla lo divino con la sexualidad más cruda sin directo influjo semítico (árabe o judío), puede interpretarse como "blasfemia" o "transgresión" desde una óptica cristiana. Lo material, al alejarnos (supuestamente) de lo espiritual, nos aparta de la (supuesta) pureza, ubicada en algún rincón del inaccesible mundo de las ideas, al que quizá podría accederse en un (supuesto) más allá, que autores idealistas como José Vasconcelos asocian al "estado estético", concepto ya desarrollado antes por Friedrich Schiller sin reflejar un prurito de "pureza".

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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Creo que es una obviedad repetir que a la literatura no le interesa la verdad de un enunciado, sino la verosimilitud, y que hay verdades reales o históricas que con dificultad funcionan en la ficción. En cambio, la ficción puede convertirse en verdad e incluso en hecho histórico a base de repetirla y repetirla. Basta creer en los discursos políticos, en las teorías que ofrecen panaceas o en nuestro propio imaginario, nuestras propias ficciones para que ya se conviertan en verdades incuestionables. ¿Qué mejor prueba que las religiones y sus textos sagrados? Podrán ser alegorías y símbolos, lenguajes connotativos y todo lo que se desee (siempre digno de exégesis), pero en muchos sectores de la población y épocas, la gente sin capacidad interpretativa ha creído que realmente un sujeto abrió el mar en dos mitades con una vara, otro conservó a todas las especies de animales en un barquito, otro más caminó sobre las aguas, curó leprosos y convirtió el agua en vino. Cuanto más inverosímil y fantástico es un hecho, para la mente infantil resulta auténtico si se le repite y se le llama “verdad”. Se cree en Santa Claus y en los Reyes, y también en Dios, Jesús, los santos y las vírgenes. ¿Cuál es la diferencia si obtenemos una recompensa, un premio, sea en el más acá o en el más allá?

            Todo ello, no obstante, es producto de la necesidad, y toda necesidad o deseo provienen de una carencia, de un hueco que asfixia al ser en la insoportable realidad, en el insoportable paso del tiempo. Se busca algo más que los pobres datos ofrecidos por la vida en su lento transcurrir. No recuerdo qué personaje de Balzac hablaba de la necesidad social de las religiones. Sí: son necesarias porque poseen una función social. También porque administran el misterio de la vida y su conclusión en la muerte. Mediante el miedo a lo desconocido, administran todo: el nacimiento, el desarrollo de los individuos y el deceso, pues nadie ha regresado de un supuesto más allá para contar lo que ocurre, si es que ocurre algo, o si se trata de un simple estado permanente, en cuyo caso ya no sería estado, ya que la noción de estado implica movimiento, transformación. Toda administración implica beneficios, ganancias. El que una corporación milenaria, por ejemplo, se haya dedicado a administrar el negocio más lucrativo del planeta (la muerte) denota la profunda necesidad de la gente por ser parte de algo y ligarse (re-ligarse) a poderes invisibles que, por invisibles, dan miedo, mucho miedo. Otro gran negocio, menos lucrativo, es la comida. Administrar un restaurante reportará ganancias si es un buen lugar. Así como la gente siempre come, también muere. Administradoras de la muerte, las religiones venden (¿pagan por lo menos impuestos?) muy buenas ficciones a cambio de cuantiosos bienes materiales. Sus narraciones pueden ser ingeniosas y sugestivas, pero lo relevante no son sus sentidos ocultos o esotéricos (también, al fin y al cabo, invenciones), sino los beneficios materiales que han reportado a lo largo de los siglos para una clase poderosa. La ficción, en consecuencia, siempre ha sido y seguirá siendo un excelente negocio.

 

 

Por Jos Hernández

 

3

 

¿Quién va a leer todos esos libros? Si nadie ha de leerlos, ¿es necesario escribirlos? Es imposible concebir que un ser humano durante su existencia termine de leer todos los libros del mundo. Es más viable pensar que cada humano lee cierto número de títulos, que otro humano lee otra tanda de títulos y que esta suma de humanos lectores, al final, cubra la totalidad y no deje ni un solo libro intacto, muerto, inútil. La producción de libros podría cesar en este momento y a la humanidad le tomaría varios años ponerse al tanto. Después de todo un libro no existe como tal sin la voluntad expresiva o de transmisión de conocimientos de quien lo escribe, y no tiene razón de existir si no hay lector que reciba el mensaje.

Ciento cuarenta y cinco millones doscientos sesenta y cuatro mil ochocientos ochenta nos dice algo, que ya hay muchos, que no es necesario otro. De la lista podemos eliminar el escribir un libro, limitarnos a plantar un árbol ―esos sí que escasean― y tener un hijo ―y, señalan algunos, ni siquiera esto último, con la sobrepoblación y el calentamiento global…

Hay una herramienta usada para erradicar el exceso de libros ―y no me refiero a la hoguera o al reciclaje―, es tan antigua como el hombre mismo y ha acompañado a todas las literaturas de todos los siglos. Así es, hablo del olvido. Gracias al olvido la humanidad ha sabido deshacerse de las obras que considera repetitivas, sin gracia, obras que considera por una razón u otra prescindibles. Por ello no hemos llegado al extremo cortazariano y vemos en librerías de viejo la sección empolvada de un libro por $10 pesos, títulos de los que nadie ha escuchado en su vida. ¿Se habrán imaginado sus autores el destino que les esperaba, qué diferencia hay entre ellos y las zapaterías donde se exhiben en una caja descuidada y aislada los sobrantes, que son siempre los ejemplares más feos? Si yo fuera dueño de una librería a esta zona de cementerio le dedicaría lo siguiente, a manera de epitafio: “Hay libros inmerecidamente olvidados, pero ninguno es inmerecidamente recordado”.

 

Jos Hernández, admirador de la música de Vivaldi y el cine de Quentin Tarantino. Padece cierta fascinación por los relámpagos, las noches lúgubres, los órganos eclesiásticos y las máquinas de escribir. Sostiene que toda actividad literaria es paralela al sueño y a los juegos infantiles. Su escritura es inconstante, ejercida como una grave contradicción, pues posee los motivos suficientes para escribir como para dejar de hacerlo.

 

Por Francesca Gargallo Celentani

 

En México, el inicio de la visibilidad de la más reciente cresta feminista lo marcó la organización de la marcha del 24 de abril de 2016, cuando “todas las mujeres” fueron invitadas a salir, en sus ciudades y lugares, para consignar su “hartazgo”. No se apeló a grupos, personalidades, ni se reconocieron dirigencias. La marcha fue “llamada” de manera autónoma, sin pedir fondos a organizaciones, universidades ni partidos, por una veintena de colectivos y algunas individuas que no pretendían representar a nadie. Al unirse para exigir una respuesta a autoridades omisas ante la violencia en contra de las niñas y mujeres demostraron que las mujeres no están enemistadas entre sí. A la vez, expresaron la necesidad de reapropiarse de los espacios públicos que la violencia .callejera y organizada, la criminalización de la protesta y el intento de imponer una cultura tipo de-la-casa-al-trabajo-del-trabajo-a-la-casa para quien no tiene los recursos financieros para la vida nocturna han arrebatado a las mujeres. Las dos consignas más coreadas desde entonces en las manifestaciones feministas son: ¡Vivas nos queremos! y ¡Si tocan a una, nos tocan a todas![1]

El día de la marcha la activista y columnista colombiana Catalina Ruiz-Navarro lanzó la etiqueta (hashtag)  #MiPrimerAcoso, publicando en su twitter: "¿Cuándo y cómo fue tu primer acoso? Hoy a partir de las 2pmMX usando el hashtag #MiPrimerAcoso. Todas tenemos una historia, ¡levanta la voz!". En el giro de tres horas en todo México 100 mil mujeres denunciaron en 140 caracteres el primer acoso que habían sufrido, muchas de ellas en la primera infancia, por familiares, transeúntes, conocidos, maestros, compañeros, en casa, en la calle, en el transporte público, en la escuela, en los centros deportivos y aún en las iglesias de adscripción de sus familias.

La idea de la etiqueta le vino a Ruiz-Navarro en Sao Paulo, en Brasil, donde las feministas brasileñas le contaron del #PrimeiroAsseido, creado por la organización Think Olga en octubre de 2015 a raíz de comentarios sexistas en Twitter sobre Valentina, una niña de 12 años que participó en un programa de cocina en televisión. En octubre de 2017, la estadounidense Alyssa Milano viralizó la campaña de denuncias por acoso al mandar un mensaje por twitter instando a las mujeres a narrar sus experiencias para demostrar la naturaleza extendida del comportamiento machista, a raíz de las acusaciones de abuso sexual contra el productor de cine Harvey Weinstein: “Si todas las mujeres que han sido acosadas o agredidas sexualmente hicieran un tuit con las palabras “Me too” podríamos mostrar a la gente la magnitud del problema”.

Desde entonces el hashtag #MeToo ha sido utilizado por más de quince millones de mujeres en 85 países, por lo cual el Parlamento Europeo celebró una sesión especial, así como el Capitolio y la oficina de Gobierno Británica. En Canadá y en Suecia se cancelaron programas de televisión por denuncias contra sus presentadores. ¿Qué sucedió para provocar una respuesta tan masiva acerca de un problema muy conocido y normalizado? ¿El hartazgo femenino había encontrado su momento para expresarse a raíz de las marchas contra el feminicidio y las diversas expresiones de violencia sexo-genérica de las jóvenes feministas nuestroamericanas? En realidad, ya en 2006, una feminista comunitaria afroestadounidense, Tarana Burke, había usado la expresión Me Too (Yo también) en la red social Myspace  para promover “empoderamiento a través de empatía” entre mujeres negras que habían experimentado abuso sexual, particularmente en las comunidades más desfavorecidas.

Las denuncias de acoso regresaron a México el 21 de marzo de 2019, con la etiqueta  #MeTooEscritoresMexicanos, a raíz de una denuncia específica contra un autor, lo cual originó más denuncias contra hombres, tanto escritores como periodistas, fotógrafos, cineastas y académicos, durante todo el fin de semana. Le siguieron etiquetas contra periodista y fotógrafos y el #MeTooAcadémicosMexicanos donde las denuncias recayeron sobre profesores de cualquier universidad, carrera y edad, algunas reclamando que las instituciones no actúan porque el acoso está totalmente normalizado. El acorralamiento, persecución o descalificación de las alumnas frente a los alumnos, por parte de profesores que no soportan que las mujeres sean mejores estudiantes que los hombres, fue también un tópico que salió a relucir en más de una ocasión.

Quince días antes del #MeTooEscritoresMexicanos, en ocasión de la marcha por el Día Internacional de la Mujer, en uno de los cruces de calles más transitados del continente, rodeadas por una valla compacta de viejas feministas y defensoras de derechos humanos del colectivo Marabunta, de una decena de transeúntes voluntariosas y de algunas críticas del arte militantes como las hermanas Hijar, un equipo de mujeres fuertes y jóvenes del Frente Feminista Radical, la Colectiva Crianza Feminista y Marea Verde, con cascos, arneses y palas descargaron sorpresivamente de un camión mal estacionado en el carril de ciclistas y sembraron frente al museo de Bellas Artes de la Ciudad de México un “Antimonumento contra el Feminicidio” de aproximadamente tres quintales y casi cuatro metros de altura. Al terminar la marcha, la valla fue engrosada por las compañeras de una batukada, cantantes, bailarinas, madres de las mujeres víctimas de feminicidio y desaparición forzada y feministas diversas que decidieron quedarse a resguardar a sus compañeras.  Unas jóvenes  activistas, entre chistes, resaltaron que ninguna profesora se había apersonado para sostenerlas o, simplemente, enterarse de qué se trataba la acción ¨.......

¿Qué sucede después de la denuncia, en efecto? ¿Las mujeres se sienten mejor, obtienen una gratificación, justicia o quedan expuestas a ser revictimizadas? ¿Los denunciados asumen responsabilizarse de sus acciones aceptando atención psicológica, reeducación feminista, prácticas de reparación o quedan simplemente expuestos a las más estrafalarias decisiones administrativas, que van de defenderlos, fingir demencia o despedirlos en caso de que necesiten dejar vacantes sus puestos? Denunciar lo vivido como injusto es un primer paso para romper con el sometimiento y hacer que se acaben las desigualdades estructurales del patriarcado. Dado que la denuncia es un paso (de ninguna manera es un fin en sí)  revela las formas humanas de quien lo da, pues señala a una persona capaz de violentar a las mujeres, a la vez que busca aprobación y apoyo de las mujeres que aún no han sufrido violencia o que no se han atrevido a denunciarla. Puede provocar nuevas relaciones así como crisis frente a la no aceptación de la verdad de quien se atreve a hacer pública una condición de maltrato machista, abuso o violación. Las mujeres básicamente buscan que los perpetradores reconozcan que son culpables, lo logren decir, y actúen de manera que valoren en sus relaciones sociales, la palabra, el trabajo, la condición de las mujeres para no repetir su agresión. Las denuncias por twitter y por escrache no siguen la vía legal,  apuntan a lazos de despatriarcalización de los propios cuerpos entre mujeres, reclaman el “Yo te creo, hermana”, pero corren el riesgo de moralizar las relaciones heterosexuales.

 No queda claro qué tipo de justicia piden las denunciantes de los diversos #MeToo, aunque  exigen la no repetición del daño. La etiqueta #NoEsNo, en particular, pretende poner freno al irrespeto de la negativa femenina ante un requerimiento masculino de cualquier tipo: las críticas a nuestra indumentaria y los comentarios sobre nuestros cuerpos, la manera de llamarnos, las letras de las canciones que nos dedican, los mensajes que nos envían, los textos que nos imponen en la escuela, la discriminación en los deportes, las restricciones que no alcanzan a los hombres, además de la evidente necesidad de que los acercamientos sexuales son permitidos sólo cuando ya un consentimiento explícito.

Las denuncias no judiciales pueden ser acciones de sanación contundentes, pues actúan en lo social. Posibilitan que a raíz de ellas los hombres asuman la violencia denunciada y actúen en consecuencia, considerando que las mujeres tienen el derecho irrestricto a protegerse primero. No obstante, enfrentan a las denunciantes a la posibilidad de quedar expuestas a venganzas o de ser ridiculizadas. Qué hacer después de la denuncia es una pregunta que sigue en el aire tanto como si es necesario presentar siempre en el ámbito público una denuncia. La preocupación por la libertad personal de las mujeres y su creación de formas alternativas de enfrentar la violencia patriarcal no pueden ser ajenas al feminismo. El diálogo entre posiciones diferentes debería ser considerado enriquecedor, sin embargo, son muchos los casos de cerrazón a los cuestionamientos y de agresividad hacia quien disiente con las ideas o posiciones ideológicas hegemónicas en los discursos feministas. Hablar de hegemonía en grupos casi marginales suena contradictorio, pero hay ideas dominantes e incuestionables en su seno. Pienso por ejemplo en la virtual imposibilidad de cuestionar la veracidad de una denuncia porque el mandato grupal es creerle siempre a la denunciante. Creerle a una mujer cuando denuncia acoso es, en efecto, parte de su defensa, reafirma su valor y le otorga una protección y una fuerza que viene de las mujeres. Sin embargo, ¿eso se vale también en el caso de las policías del metro que acusan a los hombres que fotografían o graban los abusos policiacos de haberlas acosado para descalificar su testimonio?

[1] La invitación a todas las mujeres a marchar fue acompañada de la invitación a usar los hashtag (o etiquetas) #24AMx #MareaVioleta #PrimaveraVioleta y #VivasNosQueremos, para compartir cualquier material que se realizara durante la marcha. Igualmente compartieron #MiPrimerAcoso para compartir las experiencias que acomunan a las mujeres en la cultura de la violencia patriarcal. Cuatro mujeres, Minerva Valenzuela, Mar Cruz, Cynthia Híjar  y Lulú Barrera, ofrecieron una conferencia de prensa a título personal el 20 de abril de 2016 para informar sobre las dinámicas de la marcha, sus puntos de partida y los recorridos de Ecatepec y de la Ciudad de México, en el centro cultural La Gozadera. 



 

Por Jos Hernández

 

2

 

Como habitante de este mundo me presto de escribir ficción algunas veces. En este mundo, tan orgulloso hoy de llamarse liberal, donde la imprenta no está regulada por el estado o la iglesia (al menos no en mi país) y donde publicar depende del talento propio, y en carencia de talento, del bolsillo propio, la Gran Pregunta “¿por qué escribir?” me persigue a donde quiera que voy. En las noches no me ha dejado dormir algunas veces, pero sobre todo me asalta cuando escribo. Es una pregunta realmente molesta y si hubiera un tratamiento quirúrgico, neurológico, parapsicológico, o lo que fuera, para eliminarla de mi memoria, lo haría, me sometería a tal tratamiento. La tecnología actual no lo permite, así que ni modo, no queda más remedio que lidiar con la Gran Cuestión, y a ella, no siendo ya suficiente, pueden sumársele otras, agrandar al antojo el desorden: ¿Vale la pena escribir?, ¿realmente necesitamos más libros?

Se puede empezar por el lado de las cifras, quizá los números ayuden en mayor o menor medida a visualizar el panorama.

Google nos da la impresión en ciertos momentos de poseer todas las respuestas. Ha venido a condensar en un espacio virtual siglos y siglos de conocimiento, sustituir tomo tras tomo de enciclopedias en todas las lenguas. Ahora es él a quien acudimos en momentos de indecisión y duda. Quién de nosotros no ha dedicado parte de sus madrugadas a teclear todo tipo de preguntas en su buscador.

Fue precisamente Google quien en el año 2010 calculó la cifra de libros totales. 129,864,880 es el titánico resultado de su cálculo (entendamos como libro una obra, una pieza literaria, sin tomar en cuenta ediciones, reimpresiones o traducciones, ya que son diversos ejemplares de una misma obra, variaciones de un mismo libro). Este año, 2018, aún no termina, así que podemos decir que han pasado siete años cumplidos desde el colosal conteo. Sumemos a la cifra de Google los 2.2 millones de libros anuales que estima la UNESCO: nos da un total de 145,264,880 libros. Es muy probable que este cálculo sea inexacto, pero el dato que nos arroja es aplastante. Lo demuestra Gabriel Zaid en Los demasiados libros cuando nos dice que “la humanidad publica un libro cada medio minuto”. Pensar que mientras termino de ver un partido de fútbol ya hay 180 libros nuevos, recién nacidos, abriendo sus páginas al mundo, me parece algo aterrador e inquietante.

Luego de leer los datos, me viene a la mente el cuento de Julio Cortázar, donde vemos ejemplificado de una forma ingeniosa y caricaturesca el fenómeno de producción masiva de libros: primero las publicaciones son tantas que se desbordan de las casas y bibliotecas que las contienen, invaden las calles, los parques, las avenidas, ciudades enteras abarrotadas de papel. Los escritores continúan su labor, como máquinas o robots, equiparando su producción a la de las fábricas; la abundancia, la desmesura, no existe en su vocabulario, nada los detiene. Llega el momento donde para tener espacio habitable es necesario precipitar los libros al mar. Son bastantes como para elevar la marea, como para formar nuevas islas y penínsulas acartonadas. Al final del cuento, como ya no hay lugar donde colocar nuevos libros, los escritores optan por continuar su labor sobre los libros ya impresos, con la letra pequeña y apretada, entre líneas.

No hemos llegado todavía a tal extremo. La humanidad ha sabido muy bien deshacerse de sus libros.

 

Jos Hernández, admirador de la música de Vivaldi y el cine de Quentin Tarantino. Padece cierta fascinación por los relámpagos, las noches lúgubres, los órganos eclesiásticos y las máquinas de escribir. Sostiene que toda actividad literaria es paralela al sueño y a los juegos infantiles. Su escritura es inconstante, ejercida como una grave contradicción, pues posee los motivos suficientes para escribir como para dejar de hacerlo.

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