Por José Luis Domínguez

Foto mia de Libertad Villarreal

 

Dentro de la narrativa mexicana moderna existen dos tipos de crisis de identidad, o mejor dicho, de identidad inestable. La primera de ellas se manifiesta en novelas que ponen en entredicho la realidad de lo que cotidianamente aceptamos como real, como es el caso, y por poner un ejemplo, de la novela “Anónimo”, del narrador chihuahuense Ignacio Solares, llevada hasta los extremos cuando, a la manera de Franz Kafka, el personaje principal, aunque parezca cosa de risa, aquella mañana se despierta siendo otro.

Una segunda clase de identidad inestable que también nos remite al problema existencialista de la crisis de identidad lo representa, en este caso, uno de los extraordinarios cuentos del joven narrador jalisciense Mauricio Montiel Figueiras, titulado Telefonemas del otro lado, en el cual el protagonista Ulises Fuentes comienza a ser hostigado por un hombre que dice ser el verdadero Ulises Fuentes, y que termina por asumir la personalidad del primero.

Todo lo anteriormente anotado viene a colación porque Luces artificiales, de Daniel Sada, es una novela en la cual se aborda uno de los prototipos de la literatura universal en lo que a identidad inestable se refiere, el concepto del doppelganger, es decir, del concepto del doble, pero en otra de sus múltiples variantes, la fragmentación del cuerpo.

Todos sabemos que el peor signo de los tiempos, dentro y fuera de la narrativa mexicana moderna, a partir de la década de los sesenta, será el de la angustia existencial, misma que habrá de manifestarse bajo el síntoma de una crisis de identidad, símbolo crucial éste que habrá de revelársenos en muchas de las novelas producidas en nuestro país a partir de entonces.

Ya en otra de sus novelas anteriores, Una de dos, Sada había tratado el tema de la dualidad en una de las muchas variantes que posee, el de la dualidad que se transforma en unidad, y esto sucede cuando las gemelas Gamal, habitantes de un pueblo de provincia del norte de México, hacen equipo para, por fin, mandar a freír hongos o espárragos a aquel pobre diablo suspiroso que pretendía casorio con una de ellas. Con las gemelas, el concepto de la duplicidad se convierte en unidad, es decir, se cancela una de las dos identidades. De ahí el atinado título del libro.

Con Luces artificiales, y a pesar de la presencia en dicha novela de esos dos personajes llamados Clotilde y Matilde, que en lo particular me parecen una reminiscencia de las gemelas de Una de dos, Daniel Sada transgrede intencionalmente el concepto tradicional del doble, de esa otredad cuyo principio histórico ha partido del concepto rimbaudiano de aquella famosa frase escrita en una de las paredes del granero familiar por el poeta adolescente francés en el cual literalmente se puede leer: Yo es otro, y que da pie para que se acentúe esa corriente literaria que se afianzará a partir del siglo XIX llamada Romanticismo en Francia y que exaltará la estética del yo, desarrollándose así como una de sus preocupaciones fundamentales la representación narrativa y poética del doble.

 

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Sada invierte el concepto, y lo hace cuando, en vez de transcribir Yo es otro, Sada escribe El otro es yo. La presencia insoportable de la alteridad en la cara del otro. Surge el doble como expresión de lo siniestro, como un signo de amenaza. Aunque en Luces artificiales la alteridad tiene carácter momentáneo, circunstancial, pasajero, fragmentado. Ramiro Cinco, un hombre mediocre cuyo único delito reprobable no es haber nacido solamente, sino además haber nacido feo. Ramiro edípico, ingenuo, onanístico, lector compulsivo de la nota roja, autista involuntario confundido por su fealdad con un vulgar ladrón de autos, heredero de una regular fortuna, se somete a una cirugía condicionante. Por ese cambio de rostro, Ramiro Cinco duda también si cambiarse o no de nombre, y afirma, a quien le pregunta sobre su identidad, que él es Roberto Corro, es decir, una clara alusión a Roberto el que se fuga, el que se escapa. Cuando se entera, por su amante de un suceso horrendo. A partir de ese hecho todo el conflicto se le vendrá encima, se le acumulará entre lo que piensa, siente, sufre y hace Ramiro Cinco.

El tema de cambio de identidad por la fragmentación del cuerpo en donde la premisa principal es que el otro soy yo. Mi cara es la del otro. Otro signo: Ramiro Cinco siempre ha adorado los espejos: antes y después de su transformación. Los espejos, recordemos, son una sublimación psicológica del yo fragmentado. La presencia de gemelas en este par de novelas de Daniel Sada, gemelas en el pensar y en el actuar, evidencian a una personalidad dividida ante su propio espejo, pero espejo no de azogue, sino de carne y hueso.

La novela siempre se ha distinguido del cuento o del relato por su carácter meramente digresivo, es decir, por esas varias historias que fluyen y confluyen en un punto, a la manera de muchas vías paralelas que en algún momento justo se encuentran o se cruzan o se dispersan. Este carácter de digresivo hace surgir el concepto de la metaficción, una ficción dentro de otra.

Heredero efectivísimo de la tradición narrativa del Tristram Shandy, de Lawrence Sterne o de El Sertao Veredas, de Joao Guimaraes Rosa, Daniel Sada utiliza el recurso de lo digresivo de la historia, digresión temporal, más que causal o espacial, para plantear el hecho narrativo como todo un acontecimiento del lenguaje. Veamos algunos ejemplos de Luces artificiales, sobre todo en un párrafo en el que el narrador omnisciente nos hace partícipes de una información, y luego se cuestiona, lapso que aprovecha uno de los personajes para contestarnos, como si estuviéramos, narrador omnisciente y lector, frente a él, esperando su respuesta, cito:

Así que el tal Liborio ¿Llegaría esa noche? ¿dónde andaba? Bueno pasemos al otro lado.

-Según sé, anda en el extranjero y llegará en una semana, pero conociendo a Liborio quién sabe si tarde un mes (p. 7)

En ocasiones el narrador omnisciente nos advierte sobre lo que vendrá dentro de la trama novelística, cito:

Por cierto (ejem), más adelante se escribirá lo que el opulento papá le dijo a Ramiro en relación a su fealdad. Fue algo inolvidable por aplastante. Algo para repensar más de diez veces… (p. 44)

O sobre lo que ha pasado, cito:

y …¿qué tal si nos trasladamos prontamente a la segunda anécdota: acontecida acullá, en una deliciosa playa remota, radiante de vitalidad, pero en el tiempo: un poco más atrás, en el tercer fin de semana, mismo que fue señero para Ramiro? (p. 111)

Pero Daniel Sada va más allá de la tradición del Tristram Shandy o que Joao Guimaraes Rosa al inaugurar en su narrativa lo digresivo del discurso, de las líneas o frases como un hallazgo del estilo y que en Sada irrumpe casi desde sus inicios en su carrera como narrador.

Lo digresivo se consigue mediante esos giros y zipizapes cultos y coloquiales del lenguaje; mediante interrogantes que sacuden como desinteresadamente la conciencia del lector en el transcurso de alguna, idea, de alguna línea, frase o párrafo; pequeños tropiezos que estimulan, acicatean el interés y la curiosidad en los lectores acostumbrados a los retos y los ratos felices que nos otorgan la lectura, ese simple placer de conocer una historia, de convivir con los personajes y estar o no de acuerdo con su manera de ser o de vivir. Estas pequeñas y constantes punzadas de lo digresivo en el discurso novelístico de Daniel Sada, no son más que pequeños alfilerazos dados a la verosimilitud que no consiguen distraer ni destruir el valor de sentido en el texto narrativo.

Creo que la intensa prosa de Daniel Sada, por digresiva, por fragmentaria, por esa ludicidad, adrede traduce y denuncia, como en una juguetona y chispeante alegoría, la época de la digresión, de la fragmentación, del enajenamiento de nuestra sociedad actual que ha tersgiversado nuestros más grandes valores.

Más que urbana o de la ciudad, Luces artificiales, de Daniel Sada, es una novela cuya trama evoca y recrea el ambiente familiar, es una vuelta a la provincia.

Evodio Escalante ha escrito en su ensayo titulado “Lectura ideológica de Pedro Páramo” una realidad que bien pudiera aplicarse a cualquier novela: que todo texto narrativo es la cristalización de un proyecto ideológico por medio del cual el autor va a tratar de precisar su posición frente a la sociedad y los acontecimientos históricos, dando un registro de ellos de forma tal que el mismo autor pueda esclarecerse y esclarecernos qué es lo que ha pasado en un momento o en una época determinada[1].

Como otras novelas, esta también se destaca por su poca acción y por una tendencia discursiva apasionante. Gracias a la altísima pirotecnia de su lenguaje digresivo que nos liga, que nos hechiza, diría yo, con sus personajes, logrando agruparnos a nosotros sus lectores, alrededor de los mismos, con ese toque de sarcasmo, y ese guiño sabroso de complicidad, Daniel Sada no en balde ha sido considerado como uno de los autores más significativos del noveau roman de nuestras letras castellanas.

[1] Lectura ideológica de Pedro Páramo Esaclante Evodio, revista La Mesa Llena, México, 1981,p. 130.

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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Así como la gramática cohesiona nuestro lenguaje, la moral cohesiona comportamientos, actitudes y aspiraciones del ser humano. Si hay proyectos, es decir, futuro, y no tan sólo un presente perpetuo hecho a base de fragmentos, un presente discontinuo, sin vía, sin camino preciso; si de verdad hay proyectos, éstos deben tener objetivos, y para llegar a ellos es indispensable una actitud moral, cualquiera que ésta sea. La moral y los valores que conlleva no se reducen a un sistema religioso cualquiera ni a una filosofía determinada.

            Por “moral” no me refiero exclusivamente a moral de tal o cual religión, ni mucho menos —Zeus me guarde— a la “moral” católica (o cristiana en general), que en la práctica siempre ha sido una doble moral. Ya en los propios Evangelios es notoria la doble moral cuando leemos que el protagonista, por un lado, perdona al enemigo y da la otra mejilla, pero, por otro, seca a una pobre higuera porque no da higos (aun cuando no era época de higos), destruye las mercancías de los mercaderes del templo quienes —infortunados individuos— con seguridad vivían y mantenían a sus familias con las ventas; para colmo, le envía a unos inocentes cerdos demonios que los destruyen; por último, dice que ha traído la espada, aunque también deja que se le acerquen los niños; hace que las personas renuncien a sus padres y a todos sus familiares para seguirlo, pero a la vez está implícito el “honrarás a tu padre y a tu madre”. ¿Dónde está la congruencia moral?  Es difícil ser congruente en todo; sin embargo, de un modelo religioso podría exigirse algo mejor. Ya lo decía Bertrand Russell en su ensayo “¿Por qué no soy cristiano?”

            Quienes sostienen que sólo una verdad existe (por ejemplo: las tres religiones semíticas: judaísmo, cristianismo e Islam) suelen propiciar en la vida práctica una doble moral sistemática. Su mismo fanatismo por esa supuesta verdad los vuelve intolerantes y destructivos porque renuncian a la alteridad, al otro como el ser que no somos nosotros. Los primeros cristianos en el Imperio Romano, Diego de Landa o los cristeros en México padecieron de ese miedo al otro que los hizo matar, aniquilar lo que ellos no podían comprender. En el otro extremo, un fanático ateo puede ser igualmente religioso, como lo fue el gobernador de Tabasco Tomás Garrido Canabal, famoso comecuras. No obstante, la destrucción del otro justificada por la moral suele ser mucho más virulenta cuando está ligado a la religiosidad que cree en una sola verdad. Por ello, el primer precepto del jainismo —religión atea surgida en la India durante el siglo vi a. de n.e.— es que la verdad no existe, que el universo es increado y que siempre ha estado y estará allí, de modo que los jainas respetan todas la creencias y a todas las formas de vida. Para ellos, no hay una única verdad: allí radica su moral como respeto al otro. Los seres humanos, para ellos, somos como los ciegos que rodean al elefante: cada uno cree que el elefante es algo que no es.

            Eso es lo que justo ocurre con las religiones dogmáticas. Jean-Claude Carriere —guionista de Luis Buñuel— sostuvo que “el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos”. Nada peor si esto ocurriera: el mismo Dios les ayudaría a sus fanáticos a destruir libros, bibliotecas y otras religiones o formas de pensar. Y lo haría sustentándose en una moral, pues la moral puede tener dos caras, y una de ellas es su cara destructiva.

            En efecto, en una ocasión, el poeta Rabindranath Tagore afirmó que “una banda de ladrones tiene que tener cierta moral a fin de sostenerse unida como banda; podrán robar al mundo entero, pero no podrán robarse unos a otros. Para que tenga éxito una intención inmoral, alguna de sus armas tiene que ser moral”. Y agrega que a veces nuestra misma fuerza moral es la que nos da la potencia para hacer el mal, para generar desorden, como explotar a otros en beneficio propio o robar el ajeno trabajo intelectual o material. Si una persona es inmoral es porque —lo quiera o no— posee una base moral. De otro modo, estaría más allá de toda moral, es decir, sería inocente, y la inocencia —en el ámbito cultural, humano— sencillamente no existe. Habrá que preguntarse qué base moral se le proporciona a la mayoría de los mexicanos para que su país nunca goce ni de estabilidad ni de la ansiada paz.

 

El Aprendiz de Palabrero

 

Por Antonio Orozco

 

A veces quisiera ahogarme en una cuba.

Vaciar todo lo que ha quedado en mí y sepultarlo con tequila y vodka. ¡Cómo me odio en estos días en los que soy incapaz de olvidarme de tu maldito nombre! ¡Cómo me odio en estos días en los que sólo deseo arrancarme tus besos, tus caricias, tus promesas! Ojalá sólo pudiera atragantarme con mi propio corazón.

Llego a la barra buscando refugio, ¿cuántos fracasados, igual que yo, no han llegado a este bar, con la firme convicción de ahogar sus penas? ¿De pudrirse en alcohol? ¿Cuántas veces más llegaré a este bar con la misma puta intención: olvidarme de ti? He venido tantas veces que ya soy un cliente frecuente. He venido tantas veces que no importa quién esté atendiendo  en la barra, ya saben lo que he de pedir: tequila y vodka. Vodka para acordarme de tus caricias cuando me hacías tuyo, desnudo sobre mí y tequila para olvidarlas.

¿Por qué te fuiste?

¿A quién carajos le importa?

Simplemente te largaste sin decir adiós.

¿Hace cuánto tiempo te fuiste?

Eso tampoco importa, podrían pasar mil días y nadie volvería a tocarme como lo hiciste tú.

Hoy, como otras noches, he llegado a la barra del bar más que cansado, derrotado, humillado; como un hombre que sólo se tiene así mismo y que, aún así, no vale nada. He Llegado para hundirme en este banco al sentarme, fijando mi atención en el sabor de ese vaso que me hace recordarte, bebiendo a mares del que ayuda a olvidarte. El hombre de la barra no ha querido saber de mí, no me hace plática, ni me sonríe pretendiendo ser empático conmigo; únicamente llena mis vasos cuando éstos se vacían en mí como alguna vez lo hicieras tú en la intimidad de nuestra habitación.

Y aquí estoy yo, tratando de recordar todos tus besos para, ¡por fin!, olvidarlos uno a uno; cuando, sin hacer el menor ruido, en el banco de junto, un hombre de corbata, con nudo flojo y barba de tres días, se sienta. Levanto la cara y sus ojos se encuentran con los míos. A modo de saludo, me sonríe con la misma sonrisa gasta y vieja que yo traigo en mis labios rotos.

--Hola –digo al verlo sentado muy cerca de mí.

--Hola –contesta y me tiende su mano. La estrecho.

Silencio.

Un largo, largo silencio.

--¿Me dejas invitarte un trago? –pregunta con timidez.

--¿Por qué no?

--Whisky, dos por favor…

El hombre de la barra sirve los tragos y los coloca frente a nosotros.

--Daniel –me presento, levantando mi whisky y lo inclino hacia él.

--Santiago.

Escucho atento su nombre, olvidándome el tuyo y brindo con él, por gusto de conocernos.

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