Objetos extraviados - Una antología pasajera

 

Una antología pasajera

Por Andrés Cisnegro

 

           Cada vez que atravieso la calle de Gante, en el centro histórico de la Ciudad de México, me vienen a la mente aquellas noches alrededor del año 2000 cuando un grupo de poetas se reunía todos los sábados a calle abierta, en un costado del monumento de Fray Pedro, entre la 16 de septiembre y Venustiano Carranza. Se hacían llamar Pasajeros en voz de quien tuvo la iniciativa, Fernando Rosales, traficante de libros raros y otras argucias, que con poemas breves y lúdicos no perdía oportunidad para expresar su cinismo ilustrado y a la vez, dar a conocer la voz de poetas callejeros.

 

Objetos extraviados 2 Foto Mercedes Alvarado 

           Ya el callejón de la Condesa, a un costado de Correos de México y el Palacio de Minería, el movimiento poético era hirviente. Entre poetas infras, académicos buscando tesoros y lectores asiduos al underground del reventón y la poesía ruda, cruda, pura. Entre lúbricos, trepidantes, coléricos e inconformes, los poemas de esos días con roleros desconocidos y algunos maestros rupestres: Arturo Meza, Rafael Catana, Ana de Alba.

 

 

            Los miembros de aquella horda de poetas eran personajes peculiares. Por ejemplo, el sorpresivo y siempre brillante, al momento de narrar en viva voz sus cuentos con cajitas musicales, Martín Real, que cargaba sus poemas enrollados, escritos en hojas de cuaderno de cuadro grande. Traía entre los labios sus Rabias, que hasta la fecha no han visto la luz. Hugo Garduño era ácido, árido, con un sentido del humor punzante y mordaz. Con sus poemas de aliento largo, versiculares, críticos, políticos y cercanos al dolor de humanos complejos y extraños a esta realidad citadina.

 

            Maricruz García era una poeta lúbrica, incómoda, con poemas seductores, provocadores en el arte amatorio de volver la sexualidad un campo de batalla donde salía avante con cicatrices zurcidas orgullosamente en su corsé de cartílago. David Baltazar era de los poetas más jóvenes del grupo, con poemas limpios, contemplativos. Ahí fue donde me tocó conocer a Víctor Martínez Muñoz, que hacía ready mades, poemas con aliento de los setenta, de lucha, de trabajo espiritual de izquierda, cavando en el corazón pues’. Poeta y también editor de la hoja de poesía, Metáfora, que había tenido una primera época allá por mediados de los años noventa y que tiene dentro de sus composiciones dos o tres canciones memorables.

 

            De algún modo, Pasajeros pertenecía a ese circuito de artistas orales, de poesía y cuentacuentos, performers que se movían en los cafés literarios del politécnico, en el taller de Julián Castruita, como Jesús Cárdenas, de quien años después apareció “Hay algo que sangra”, fragmento del Diario enfermo de mis piernas rotas. Los martes, miércoles y jueves hospedaba a toda la fauna literaria El Laberinto, librería de viejo, liderada por Fermín López, que mucho ayudó en aquella época la insurgencia artística.

 

            Ahí tuve la fortuna de conocer a José Luis de Gantes, a Porfirio García Trejo, de Ciudad Nezahualcóyotl, liderando a los poetas en construcción. A José Francisco Zapata cuando traía Deriva bajo el brazo, lista para abrir un hueco en quien pudiera cargarla. Al Viajero intergaláctico, con sus peculiares rolas. A María de Jesús Villalpando, quien tiempo después decidió comenzar su proyecto editorial, vivo ya desde hace más de una década. A Barbara Oaxaca. A Teresa Irazaba.

 

            Después de las sesiones callejeras, donde también luego llegaba Arturo Callejas, el Lobo con teatro callejero, nos íbamos tertulianos bohemios a la cerrada de Mesones, antes de que fuera una plaza de Slim el centro, con don Cortés, en la cantinita que muchos años después me percaté se llama la Surianita, y que era un lugar extraviado en la oscuridad de la zona. Años después abrieron Casa Vecina en la esquina con Regina, y en la parte baja de ésta, Hostería la Bota. Pero en aquel tiempo sólo eran calles tenebrosas y entre las puertas, luces, y una bodeguita que atiborrábamos con risotadas y discusiones acaloradas sobre temas universalmente manoseados en todas las mesas, entre canciones de José José (claro, no podía faltar el homenaje, justo ahora, que se ha lanzado pal’ otro lado).  

 

Adolfo Sánchez, el pavoroso, el Pavarotti, fue eje fundamental para la existencia del grupo de Pasajeros. Era un hombre necio, duro, con una amargura decidida, y a la vez, con la ternura del deseo. Erudito y déspota, agrio y de un humor bizarro y profundo. Cuando murió él (por el 2004) de algún modo la estocada a Pasajeros, como grupo, estaba dada. Como la mayoría de los proyectos al final reventó capullo de muchas visiones, y ese lapso del tiempo parecía haber quedado traspapelado pero, todavía de pronto te encuentras la hoja de Pasajeros, cuasi tríptico, donde ya en su último lapso, sólo Fernando Rosales publicaba su obra. Recuerdo mucho “J”, una plaquetita con sus brevedades. Y la divertida anécdota de Rosales, cuando por la calle, le gritaban “poeta”, y él sonriente volteaba a saludar al transeúnte que lo señalaba. Se reía, se carcajeaba de ese hecho como bañándose con la gloria de ser visto con su aura áurea. Los cuentos de Fernando realmente eran muy buenos, me tocó leer un par, uno se lo habían publicado en Playboy por los noventa. Sólo la narrativa de Max Ramos, otro literato discreto, me ha enganchado tanto como la del líder pasajero.

 

Adriana Tafoya y un servidor llegamos a ese grupo y comenzó una época, un breve tiempo, entre el tianguis del Chopo, con Enrique Falcón, Alejandro Sánchez Mejorada y Joel Gustavo Rodríguez Toral, con la revista Unión poética y toda la banda de Pasajeros en que la fiesta, las noches de alcohol y demencia eran la vida. También asistían músicos y otros personajes, como Gerardo Colín, el poeta grunge, o José Luis Colín. De algún modo, Pasajeros cumplía su función esencial, nadie éramos, nada ahí, sino gente que pasaba. Nos mirábamos, escuchábamos, y seguíamos. Nadie éramos. Pasajeros era un tren vacío. Un corazón por el que pasaba el agua. Y lo limpiaba del ruido en sus rocas, de la sangre entre sus filos. Y nosotros éramos el agua. Turbios visitantes fugaces.  

 

            Hace unas semanas encontré a Fernando Rosales en el café que ahora está en el antiguo Hospital Concepción Béistegui. Parecía tan fresco como hace veinte años, en aquel lejano (y tan cercano) 2000. Y aunque su sonrisa se ha vuelto seca, y su gesto de amabilidad se ha tornado hermético, su espontaneidad y agradecimiento real por la vida y la poesía, sigue ahí. Le comentó a Eduardo Mosches (con quien, junto a Mercedes Alvarado, charlábamos de la nueva presentación de Blanco Móvil on line), sobre una ocasión, allá por los años setenta, principios de los ochenta, cuando Fernando estuvo en un taller de Eduardo y el resultado fue un cartel de poesía. Los caminos se cruzan. La vida es un tren vacío hacia ninguna parte, en el que todos vamos atravesando la frágil línea que divide la vida y la muerte. En realidad, deseaba hacer una antología de ese grupo, ¿pero no es este texto una especie de antología, o una intención de ella? Habrá que buscar los poemas, rascar entre las hojas extraviadas o abandonadas en los archivos. Mientras tanto, sea esto un índice de aquel tramo, libro vacío – diría Josefina Vicens – donde la poesía era oralidad, una práctica mortal del olvido, “la joya más preciosa de la memoria”.

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