Objetos extraviados

 

Objetos extraviados

Andrés Cisnegro

 

I

 

zapatos rojos 1

Es curioso cómo la máquina de tiempo que es el cuerpo, evoca una escena a través de un olor, una seña, un objeto. Una escena viajando en la nada. Los signos de esta memoria cual directriz a un destino. Y el origen, la creación de la página en blanco para trazar con hilo el laberinto de una escritura que cala en la piedra del silencio una ruta para acceder a esa casa, ciudad, estrella.

 

Un puente interdimensional entre la fragmentación del espacio. Ocupamos un continuo no lugar. Extraviamos a veces el origen de una cadena de realizaciones que terminan por representarnos. Y de pronto aparece, le reencontramos, en un nuevo objeto que le evoca y nos hace buscarle como si fuera un acto de supervivencia.

 

Fue en una curva, en un cruce de semáforos, intrincado, en el Datsun blanco de mi madre, de cuatro puertas, en que la familia había conocido las calles de Chihuahua. Mi hermana tendría dos años, mi hermano unos siete y yo nueve. Un par de zapatos rojos de correa eran el ajuar de mi hermana, con el que daba sus primeros pasos. Y al dar la vuelta por la ventana sin más lanzó uno; soltamos un grito y vimos cómo quedaba atrás entre el tráfico cruzado. El par non quedó años sobre algún estante recordando la ausencia de aquel zapatico, y de algún modo, todos en la familia le mirábamos con una extraña sensación de pérdida, pero que era también una especie de pacto de resistencia, de persistencia.

 

Treinta años después regresé a Chihuahua, a las orillas del cerro grande, donde chaval conocí las historias de tesoros enterrados, puertas dimensionales, brujas (o norias, esas plantas que se hacen bola y giran libremente por la calle o el desierto) como en el viejo oeste danzando y el silbido del viento, su peso móvil, recargándose en las puertas.

 

Entre un viaje de teselas, en la Caravana Invernal, en 2017, nos recibió la poeta y filósofa Reneé Acosta en su casa, donde acondicionó un cuarto con calentón para nosotros. Un estudio lúcido. Esa bella esfera en la que la poeta trama laberintos filosóficos, místicos, oraculares. El encuentro fue proverbial porque implicó una empatía ] poi [ ética, pero también una sincronía en cierta forma al gesticular. Como si el fractal del rostro identificara un camino común por ser descifrado, pero que surge cual fenómeno que nos hace encontrar nuestra antigua hermandad.

 

Y dentro de ese follaje de lecturas, brota de la piedra el tema del poeta Rogelio Treviño, sensei, y su propio oasis de variaciones poéticas. Tema porque es un tomo entero, una biblioteca tal vez. Un espacio por ser llenado y hacerse tangible. Seguimos la sombra alrededor de la casa, dialogando con el cuerpo del viento que se asoma por las ventanas con veletazos y suaves bufidos. Bisonta de músculos traslúcidos. Frío que sólo aquí hace par con un sol que no permite lo veas cara a cara. Llamita doble. Ahí en la oscuridad del fuego, en la ventana triangular, la revelación de arcanos. Arca de ideas; un arca es cada ser.

 

            El segundo día llega Sergio Humberto Ramírez Ángeles, con su personalidad amorosa y escéptica, entregada y apasionada. Un poeta que descubre en su mitología íntima un mundo en resignificación. Y el movimiento de la posibilidad cultural gira en torno a eso, la posibilidad, en camino de lo viable, lo que existe y será. Su trabajo sobre héroes imaginarios es íntimo y revelador.

 

            Entre charlas de libros la diosa blanca festeja una epifanía. La pitonisa es una vela sobre la mesa ante la constelación del balance cósmico. Es el límite de la xima en medio del amnios semiótico. Qué significa estar en la esquina del viento, ser uno de los ángulos rectos en la vibrante línea que delimita un gajo orbital. La consistencia del espacio es más densa y la esfera cárnica tiende a comprimirse y hacer más lento el curso de los instantes ] o escenas [. Una lupa sobre un cuarto donde los libros son puertas colgantes y la palabra, llave hacia un mapa cifrado en estrellas.

 

            Chihuahua luce esplendorosa bajo el frío helado y el sol absoluto. La tierra y el cielo hilvanados por hilos dorados. Agradezco a la hélice que me ha permitido estar en esta realidad volviendo a sentir aquel lugar como parte de una piel que respira ahora más palpitante bajo esta malla que me arropa, capullo que se teje en un sueño, en su elipse de pulsiones.

 

            Reneé me contacta con Israel Gayosso, con el movimiento de poetas anarco, con búsqueda de salir del rango de lo esperado sobre la poesía y más bien apostando a lo efímero. Hablamos sobre el movimiento en México de poesía, los slams, los torneos, los exponentes de oralidad, ahí donde sucede el poema no necesariamente para perdurar, sino en el acto que ocupa en el espacio, que lo hace de otro modo perdurable, aunque sea entrópicamente. En ese mismo contexto entrevistamos a un par de poetas jóvenes, uno de ellos Alex Camp, que prefiere firmar con alguna frase sus poemas. Está también la poeta y compositora Galia Mireles con su trabajo siempre crítico y profundo. Un año después aparecerían publicados con más autores de ese movimiento en el compendio de Blanco Móvil donde se hace breve recuento de este paso, en el número de “Otros nortes”. Y un año después, en Parral, se me daría la oportunidad de conocer a otros artistas excelentes de Chihuahua.

 

            Siento emoción, aunque no es la emoción lo que importa, sino recordar que estábamos justamente en el corazón del viaje de la caravana, llevábamos mes y medio al menos, atravesando el sur, habíamos pasado la Península de Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Chiapas, Tabasco, Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León, y en cada estado son muchas historias, y en este corazón que era estar en Chihuahua bajo el techo y cuidado de una poeta, nos daba un poco de descanso, para reflexionar, para asimilar tanta información, tantas emociones zurciéndose, porque aquellos encuentros sólo fueron principio de un continuo conocernos, trabajar y seguir tejiéndonos en un campo significativo.

 

            Es así que ese flashback de treinta años es metáfora sobre ese camino dividido. Ese zapato rojo marcando un punto de partida, una especie de constelación argo náutica. Y regresar con la Caravana en busca del sentido de la República Mexicana y su trabajo común, y pensar cuánticamente este desdoblamiento de personalidades, seres que somos nosotros mismos, pero en otra cauda. E interferimos unos con otros, cual campos magnéticos que tienen caminos trenzados y terminan por ser un campo magnético mayor.   

 

            Ya no busco aquel zapatito rojo en las calles, de modo espontáneo, porque es una memoria que ahora se extiende hasta la poesía, donde he caminado esas calles con muchos pares de zapatos más, propios y ajenos.  El zapato de mi hermana se volvió un símbolo de movimiento, porque fue una pérdida común. Sin embargo, volteo y el sol abrillanta sobre la calle Pascual Orozco una bolsa de cuero, pequeñita, con una piedra de lapislázuli adentro. Sin nadie a la redonda la guardo, con cierto pudor, y con la sensación de que hay algo de gracia en cómo regresan a nosotros las cosas.

 

           El búmeran de la vida trae de vuelta una sonrisa reveladora con nuevas hermanas, hermanos, en esta Chihuahua que no es aquella que conocí a los nueve años, y ahora es un lugar que se desborda y me va arrancando lentamente la epidermis, para dejarme a cuero vivo ante el rostro que saluda desde el otro lado del espejo, con una nueva piel creciendo, musguito que será árbol, cúmulo de brillantes palabras. Constelación inaprehensible.

 

         Así comienza este intento por abrir el corazón de la medusa, memoria que guarda cada uno de nuestros objetos extraviados.

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