Desde la hamaca - Cosas que también sucedieron en la marcha

 

Desde la hamaca

Cosas que también sucedieron en la marcha

Por Mercedes Alvarado

De niña, cuando algún monstruo me acechaba o una sombra se hacía larga en la habitación, yo gritaba: ‘Mamá, tengo miedo’. Y entonces mamá venía y se quedaba con una y no se iba hasta que el peligro pasara. Esta es mi primera referencia del miedo y su manejo: una mujer tomándome la mano y haciéndome fuerte en ella.

 

Qué diferentes son las cosas que ahora nos dan miedo. Cómo explicarle a mi hermana, a mis sobrinas, que alguna vez el miedo se quitaba al encender la luz y que no lo sentíamos pegado al cuerpo cada vez que hay que salir de casa.

Marcha 16.08.19 Daniel Ojeda

Glorieta de Insurgentes, CDMX. 16 de Agosto, 2019

Foto: Daniel Ojeda

 

Compartir el miedo, aceptarlo colectivamente, no elimina la amenaza en un país en el que cada dos horas y media se asesina a una mujer. Gritar el miedo no hace las calles más seguras. Marchar el miedo no nos devuelve a las que nos arrebataron. Pero compartirlo, aceptarlo, gritarlo y marcharlo sí cambia en algo nuestra manera de confrontarlo y vivirlo.

Porque sabemos -desde hace tanto lo sabemos- que nos están matando, que no es -no puede ser- normal, ni humano, andar la vida con este miedo metido en el cuerpo, tan estúpidamente cotidiano. 

Y lo sabemos, sí, y como cuando niñas, hemos llamado a las amigas, a las vecinas, a mamá, a las hermanas y les hemos dicho: tenemos miedo. Y ahora, como entonces, han venido ellas y se han sentado con nosotras, han reconocido el miedo y lo hemos sentido juntas. 

Y ahora como entonces, como siempre, nos hemos quedado unas con otras para decirnos que podemos recuperar el sueño. Y ahora, como nunca, hemos dado un paso más; hemos pasado de la sororidad doméstica a la absoluta certidumbre de que no estamos solas para caminar un país que es nuestro: siempre nuestro para caminarlo y vivirlo a cualquier hora y en cualesquiera circunstancias.

Este viernes, en el Défe, vi a miles de mujeres, diamantina en mano y más pancartas de las que se podían contar; vi slammeras contando su historia; vi a una madre pedirle a su hija que nunca olvide esta fecha, la vi aceptar el miedo que siente cada vez que ella sale y decirle que está con ella, que estará siempre con ella y nos vi a todas decirle que no, que no estará nunca sola. 

Vi a mujeres rapeando. Escuché a una poeta llamarnos a la resistencia. Vi un grupo enorme de personas -mujeres y hombres- tomados de la mano, moviéndose en amplios círculos, cantando por la paz. 

Vi mujeres de la edad de mis sobrinas, de mi hermana, de mi madre y de mis tías. Las vi fashionistas, jipis, oficinistas, amas de casa... una mezcla maravillosa de formas corporales, alturas, colores y estilos. Y todas eran (éramos) una sola. 

Vi hombres respetando el cordón de las separatistas; hombres que venían a marchar por sus hermanas, hombres que se detenían a mirar con respeto, hombres que decidían quedarse. 

Vi, en resumen, una ciudad confrontando su propio miedo.

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