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Juan Antonio Rosado

 

Escribo "féisbuc" porque así debería escribirse en español, ya que este vocablo está cada vez más extendido. Ya nadie escribe leader, sino líder; nadie escribe foot-ball, sino futbol o fútbol; nadie escribe chauffeur, sino chofer o chófer. Lo correcto es escribir champú (como se hace en España) y no el pochismo shampoo (digno de mentes colonizadas). Nuestra lengua no toma préstamos de otras: se roba los términos que necesita y los españoliza, los hace propios y así se ha enriquecido. El verbo "chatear" tiene ya carta de naturalización, diga lo que diga la Academia. Pero esta nota no trata sobre féisbuc o Facebook, sino sobre los llamados "amigos" (visibles o invisibles, conocidos o desconocidos) que se suscitan allí sin previo conocimiento e incluso sin previa advertencia.

Si reflexionamos en la evolución de la lengua, pronto caeremos en cuenta de que no sólo evolucionan las palabras como tales, en cuanto a su forma, debido a ciertos fenómenos fonéticos estudiados por la gramática diacrónica, sino también sus significados. La palabra "amigo" ha evolucionado y cambiado de sentidos, como cualquier otra. En el Tesoro de la lengua castellana o española (1611), de Sebastián de Cobarruvias, leemos: "Amigo y amiga, se dize en buena y mala parte, como amador y amante. Amigado, el amancebado con la amiga. Amigarse, amancebarse. Adamar, por amor, es término de que usan los romances viejos. Amante, el que ama, y amantes los que se aman". En efecto: en la Edad Media y todavía mucho después, "amigo" era sinónimo de "amante". Digamos que a la amiga o al amigo se le conocía en todos los sentidos, incluido el llamado "sentido bíblico", para usar un incómodo eufemismo.       

En la edición de 1932 del diccionario de la Real Academia Española (Sopena), noto algo currioso: la palabra "amiga" tiene una entrada especial y se define como "manceba, coima o concubina" en su primera acepción (en la segunda es maestra de escuela y aun la escuela misma, definición retomada por Santamaría en su Diccionario de mejicanismos). En cambio, "amigo" ocupa otra entrada y es el "que tiene amistad", "amistoso", así como el aficionado o inclinado hacia alguna cosa. En el diccionario de María Moliner ya no hay "amiga", sino "amigo, -a" (genérico y femenino). En su quinta acepción, según esta autora, significa "Amante, querido", "persona que mantiene con otra relaciones amorosas irregulares", "concubina".

Todo lo anterior tiene lógica si consideramos que el vocablo "amigo, -a" se deriva del latín amare (amar). Con la evolución semántica de los derivados de amare, el  sentido de "amigo, -a" nos lleva también a una relación no tan cercana como la sexual, pero sí lo suficientemente próxima como para entablar diálogos directos y desinteresados, cara a cara, que unen de igual a igual a dos o más individuos, en la medida en que se comparten intereses, proyectos, gustos y afectos, y acaso fobias y filias. No obstante, con el auge de internet y de las redes sociales, "amigo, -a" es ya cualquier individuo que mantenga un cierto interés por alguien, aunque en su vida haya entablado un contacto directo o lo conozca de cerca. Lo anterior podía darse antes, hasta cierto punto, entre un artista y su público o sus lectores. El escritor Hermann Hesse, por ejemplo, respondía miles y miles de cartas de gente desconocida, y con muchos estableció relación a distancia. Por supuesto, podía entenderse una amistad o inclinación o afecto intelectual, espiritual. Hoy, en la era digital, atiborrada de inmensas dosis de irrealidad, se nos presenta una serie de objetos virtuales que sólo aparecen por arte y magia de la energía eléctrica, solar, nuclear o la que sea: dinero virtual, libros virtuales, revistas virtuales, personas virtuales o con identidades falsas, extorsiones o premios virtulaes, sexo virtual, amistades vituales... Son objetos a los que a veces nada nos une: ni intereses intelectuales o familiares, ni proyectos ni gustos. En una época en que se privilegia la cantidad sobre la calidad, hay quienes ya compiten por la cantidad de "amigos", lo que introduce en las relaciones humanas un alto nivel de patetismo en el que habría que profundizar.

           

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