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Por Juan Antonio Rosado

 

El mundo se puso de cabeza cuando el chimpancé se irguió con las dos patas traseras para renunciar a lo que muchos aún piensan que fue una “felicidad” animal e inaugurar así una suerte de —como diría Sabato— infelicidad metafísica mediante la conciencia del paso del tiempo y, por tanto, de la muerte. El animal fuerte se convirtió en homo sapiens o animal capaz de razonar. Ahora, sin embargo, es difícil afirmar que el mundo está de cabeza. ¿Se halla más bien descabezado? Tal vez. En todo caso, se rige por una cabeza abstracta que ha perdido la brújula, por una cabeza desquiciada, demente sin remedio. Tal cabeza es invisible, como ocurre con todo poder (y con la voluntad de poder) que emana de ella, y sin duda es la suma de una tendencia ideológica que ha repercutido en la sociedad transformando con sutileza el mismo concepto de ser humano al reducirlo a número, mercancía, cliente, es decir, a algo a todas luces ajeno a ese poder y a esa tendencia que, acaso sin saberlo, trabaja paradójicamente contra sí misma. El ser humano, al ser objetivado y luego cosificado por esa cabeza enferma de poder, ha reducido sus capacidades a las meras posibilidades exigidas por dicha voluntad de poder para que ésta continúe nutriéndose de forma parasitaria y se mantenga erguida con el incremento de su propio poder. Lo más chocante de este mundo acéfalo es que el propio planeta, la propia tierra (selvas, ríos, lagunas, mar, mantos acuíferos, formas de vida y todo tipo de especies) son también ya número, cantidad, parte de un logos, cosas cuantificables que nutren a esa cabeza enferma y hacen que expanda sus tentáculos incluso más allá del propio planeta.

¿Qué son las muchas cabecitas que emanan de la gran cabeza abstracta e invisible de ese pulpo incontrolado? No son sino las muchas corporaciones multimillonarias, transnacionales y multinacionales. El planeta cada vez más está en sus manos, y los grandes funcionarios y políticos, si se portan bien, serán, o ya lo son, miembros prominentes de tales corporaciones: consejeros, accionistas, asesores, agentes, dirigentes, empleados de alto rango o publicistas (profesores, conferencistas, manipuladores...). El político como figura ideológica ha dejado de existir. Hoy son negociantes despiadados que perciben en el dinero un fin y no un medio para vivir. ¿Qué negocian estos tiranos y con qué miras? ¿Cuál es su gran proyecto? Negocian las materias primas del planeta y los productos manufacturados. Sus miras son personalistas o corporativas; jamás colectivas. Su proyecto es el crecimiento económico de unos pocos a base del endeudamiento y la miseria de millones. La ley de la selva de asfalto, la ley del más fuerte se impuso, despiadada, a partir del desequilibrio surgido con la caída del bloque soviético. El Estado de Bienestar del capitalismo es cosa del pasado, y el propio Estado como entidad de servidores públicos cargados de obligaciones es tachado, despectivamente, de "paternalista". La miseria se expande debido a un sistema de latrocinio desmedido e impune, cuyas consecuencias no son, ni siquiera, la socialización de la pobreza (como en el exbloque soviético), sino la instauración sistemática de la miseria a costa del robo y la explotación, aspecto que un liberalismo demócrata y social, por más capitalista que haya sido, jamás imaginó. Las sociedades viven en guerra consigo mismas mientras las corporaciones y altos dirigentes contemplan, riéndose, el espectáculo. Si es necesario imponer mano dura, se justifica el poder militar (otro gran negocio). Vivimos en un distopía que ni Huxley ni Orwell imaginaron jamás. Alaridos de auxilio se escuchan en el interior de comunidades y de la misma tierra. La respuesta a esos gritos es un "rásquense con sus propias uñas" seguido por señales obscenas.

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